En Robledal, un pueblo donde las campanas sonaban antes que los gallos, vivía Valentina. Tenía cinco años, dos trenzas que nunca quedaban iguales y una mochila morada que había escogido ella misma.
La noche antes de empezar el colegio, guardó en ella tres lápices, una manzana, un pañuelo y una piedra lisa que su abuela llamaba “piedra de los valientes”.
—¿Los valientes nunca tienen miedo? —preguntó Valentina.
—Al contrario —dijo la abuela—. Si no hubiera miedo, la valentía no tendría trabajo.
Cuando todos se fueron a dormir, algo hizo “puf” dentro de la mochila. Valentina abrió el cierre y encontró una nubecita gris, redonda como un ovillo.
—¿Quién eres?
—Soy Bruma —susurró la nube—. He venido a recordarte todo lo que podría salir mal.
Y empezó: que tal vez nadie quisiera jugar con ella, que quizá olvidara dónde estaba el baño, que la maestra no entendiera su voz y que todos los demás supieran hacer cosas que ella todavía no sabía.
Con cada “tal vez”, Bruma crecía.
A la mañana siguiente, Valentina caminó hacia el colegio con la mochila extrañamente pesada. Frente a la puerta azul sintió que las piernas se le volvían de mantequilla.
Entonces tocó la piedra de su abuela.
—Bruma —dijo en voz baja—, puedes venir conmigo, pero no puedes decidir por mí.
Respiró despacio tres veces.
Dentro del salón había dibujos, bloques de madera y una pecera con un pez naranja. También había un niño aferrado a la manga de su papá.
—Me llamo Mateo —murmuró él—. No sé dónde sentarme.
Valentina todavía tenía miedo, pero vio una silla vacía junto a la suya.
—Aquí hay sitio.
En ese instante, Bruma se hizo un poco más pequeña.
La maestra propuso que cada niño dibujara algo que supiera hacer. Valentina miró la hoja en blanco. Bruma volvió a hincharse.
—No sé dibujar bonito —susurró.
—No tiene que ser bonito —dijo Mateo—. Puede ser tuyo.
Valentina dibujó un caracol con una casa enorme. Mateo dibujó una bicicleta con siete ruedas. Los dos se rieron.
Bruma quedó del tamaño de una nuez.
Al terminar el día, Valentina salió corriendo hacia su abuela.
—¿Y la nube?
Valentina abrió la mochila. Allí estaba Bruma, diminuta, dormida entre el pañuelo y la manzana.
—Todavía está.
—Claro —respondió la abuela—. Algunas nubes tardan en marcharse. Lo importante es que hoy caminaste aunque ella viniera contigo.
Desde entonces, cuando Valentina sentía miedo antes de algo nuevo, no intentaba echarlo a empujones. Le hacía un pequeño sitio, respiraba y daba un paso.
Y casi siempre descubría que, después del primer paso, las nubes pesan mucho menos.
Para disfrutar en familia
Después del cuento
Preguntas de comprensión
- ¿Qué cosas imaginaba Bruma que podían salir mal?
- ¿Qué hizo Valentina antes de entrar al colegio?
- ¿Por qué ayudar a Mateo hizo que la nube se volviera más pequeña?
- ¿Qué podrías llevar tú en una “mochila de valentía”?
Actividad para hacer juntos
Dibuja una mochila y coloca dentro tres cosas que te hagan sentir seguro: una persona, un objeto y una frase.
Una conversación que ayuda
Completen juntos: “Aunque tenga un poquito de miedo, puedo…”.




