Sobre el pueblo de los tejados amarillos vivía Nuba, una nube pequeña que coleccionaba abrazos. Guardaba los abrazos de bienvenida, los de antes de dormir y también aquellos que llegaban después de decir «lo siento».
Una tarde encontró a Leo sentado bajo un árbol. Él quería abrazar a su abuela, pero ella vivía muy lejos. Nuba le propuso cerrar los ojos, pensar en ella y decir en voz alta todo lo que sentía.
Las palabras de Leo se convirtieron en corazones suaves. Nuba los llevó por encima de las casas, los ríos y las montañas hasta la ventana de su abuela.
Esa noche, cuando Leo recibió su llamada, entendió que un abrazo puede viajar en una voz, en un dibujo o en una palabra cariñosa. Desde entonces, nunca dejó un abrazo importante sin enviar.




