Cada noche, Mila buscaba la primera estrella del cielo. Una vez apareció una estrella diminuta que quería brillar más que todas, pero se impacientaba porque el sol todavía no se había escondido.
Mila le enseñó a respirar despacio: una vez oliendo una flor imaginaria y otra soplando una vela invisible. Mientras respiraban, el cielo cambió de azul claro a violeta.
Cuando por fin llegó la noche, la pequeña estrella descubrió que su luz siempre había estado allí. Solo necesitaba esperar el momento adecuado para verla.
Desde entonces, cuando algo tardaba más de lo esperado, Mila miraba al cielo, respiraba con calma y recordaba que esperar también puede ser una forma de crecer.




