Nico entró al bosque persiguiendo una hoja brillante. Allí conoció a un zorro que hablaba tan bajito que nadie lograba escucharlo y a dos pájaros que cantaban al mismo tiempo.
Nico quiso resolverlo todo de inmediato, pero el bosque apagó sus luciérnagas. Entonces recordó lo que decía su abuelo: «Primero escucha con los ojos, después con el corazón».
Se sentó, miró al zorro y esperó. El zorro contó que se sentía solo. Luego los pájaros cantaron por turnos y descubrieron una melodía mucho más bonita.
Las luciérnagas volvieron a brillar. Nico comprendió que las palabras suaves no son las más pequeñas: son las que dejan espacio para que los demás también puedan hablar.




