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Emociones

Tomás y el frasco de lluvia clara

Cuento infantil sobre la tristeza para ayudar a los niños a reconocer sus emociones, llorar sin vergüenza y descubrir que sentirse triste también necesita tiempo y compañía.

4 a 7 años5 min de lecturaTristeza y acompañamiento
Tomás observa un frasco con gotas luminosas junto a una ventana en una tarde de lluvia

Tomás vivía detrás del molino viejo, donde el río hacía una curva y los juncos silbaban cuando soplaba el viento. Durante todo un verano jugó con su prima Elena a construir barcos de papel. Pero al terminar las vacaciones, Elena regresó a una ciudad muy lejana.

La casa quedó silenciosa.

Tomás dejó los papeles de colores guardados en un cajón. No quiso ir al río. Cuando su madre le preguntó qué le ocurría, respondió:

—Nada.

Sin embargo, “Nada” era una palabra demasiado pequeña para todo lo que llevaba en el pecho.

Una tarde encontró junto al molino a la señora Aldara, que recogía agua de lluvia en botellas de vidrio.

—¿Para qué sirve? —preguntó Tomás.

—Para las plantas que han pasado sed —contestó ella.

Tomás miró el frasco más grande.

—Yo no soy una planta.

—Eso ya lo veo.

La mujer le ofreció un frasco vacío.

—Pero quizá tengas lluvia guardada.

Tomás frunció el ceño.

Aldara no explicó nada más. Se sentó a su lado y empezó a doblar un barquito de papel. Lo hizo tan mal que el barco parecía una empanada.

Tomás soltó una risa pequeñita. Después recordó cómo Elena se reía exactamente de esa manera cuando un barco se hundía.

Entonces lloró.

Lloró sin ruido al principio y luego con toda la cara. Las lágrimas cayeron sobre sus manos. Aldara no le pidió que parara ni le dijo que debía alegrarse.

—La extraño —dijo por fin.

—Eso tiene un nombre mucho mejor que “nada”.

Tomás respiró hondo.

—Estoy triste porque la extraño.

Aldara colocó el frasco frente a él.

—La tristeza no se guarda para siempre. Se escucha, se acompaña y, cuando está lista, encuentra una salida.

Al día siguiente, Tomás volvió al río. No estaba alegre del todo. Tampoco estaba tan apretado por dentro.

Construyó un barco azul y escribió: “Para Elena: aquí sigue nuestro río”. Su madre tomó una fotografía y se la enviaron.

Esa noche llegó una respuesta. Elena sostenía un barco rojo frente a la cámara.

Tomás sonrió y volvió a sentir ganas de llorar. Le pareció extraño sentir las dos cosas a la vez.

Fue a buscar el frasco de Aldara. En lugar de lágrimas, colocó dentro papelitos: “la extraño”, “me gustó verla”, “mañana haré otro barco”, “puedo estar triste y seguir jugando”.

Con el tiempo, aquel frasco se llenó de palabras.

Tomás aprendió que la tristeza no era una habitación sin puerta. Era más parecida a la lluvia: a veces fina, a veces fuerte, y siempre cambiante.

Y cuando otra persona estaba triste, ya no decía “no llores”.

Se sentaba cerca.

Porque había descubierto que algunas lluvias no necesitan paraguas.

Necesitan compañía.

Para disfrutar en familia

Después del cuento

Preguntas de comprensión

  • ¿Por qué Tomás decía que no le pasaba “nada”?
  • ¿Qué hizo Aldara cuando Tomás comenzó a llorar?
  • ¿Puede una persona sentirse triste y contenta en el mismo día?
  • ¿Qué palabra pondrías hoy dentro del frasco de Tomás?

Actividad para hacer juntos

Decora un frasco de papel y escribe o dibuja dentro cosas que te ayudan cuando estás triste.

Una conversación que ayuda

Pregunten: “¿Quieres que te escuche, que te abrace o que hagamos algo juntos?”.

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