A Luz le gustaban los días perfectos: sol, pan dulce y tiempo para jugar. Cuando algo salía mal, decía que el día entero estaba perdido. Una tarde de lluvia se canceló la feria que llevaba semanas esperando y una sombra pareció instalarse sobre su cabeza.
Su abuela no le pidió que sonriera. Se sentó junto a ella en el porche y escuchó su disgusto hasta el final. Luego encendió una vela y puso a su lado un frasco vacío. «Podemos estar tristes y, aun así, notar una chispa», dijo.
Luz escribió en un papel: “La sopa estaba caliente”. En otro: “Mi abuela me escuchó”. Después añadió: “La lluvia hace música en el techo”. La feria seguía cancelada y la decepción seguía allí, pero ya no ocupaba toda la habitación.
Durante una semana guardó pequeñas chispas en el frasco: una llamada de su amiga, calcetines secos, una hoja roja, el olor del jabón. La sombra nunca desapareció para siempre; aprendió, eso sí, a sentarse junto a la luz.
Desde entonces, cuando tenía un día difícil, Luz no se obligaba a llamarlo bueno. Decía la verdad sobre lo que dolía y buscaba una cosa pequeña que mereciera gracias. Casi siempre encontraba más de una.




