En el centro del bosque crecía un manzano de ramas anchas. Cada otoño ofrecía fruta a los pájaros, sombra a los conejos y hojas crujientes a los niños del pueblo. Nunca contaba cuántas manzanas entregaba.
Un año llegaron tantos visitantes que las ramas comenzaron a inclinarse. Todos pedían y pocos miraban. El árbol siguió dando hasta que una mañana no tuvo fuerzas ni para mover sus hojas.
Sara, una niña que iba a leer bajo su copa, notó el silencio. «Compartir no debería dejarte vacío», le dijo. Reunió a los vecinos: unos regaron las raíces, otros podaron las ramas secas y los niños colgaron un letrero: “Toma lo que necesites. Deja también cuidado”.
Con el tiempo aparecieron nuevas flores. Quien recogía una manzana llevaba agua; quien descansaba bajo la sombra retiraba una rama caída. La generosidad dejó de ir en una sola dirección y empezó a circular por el bosque.
El manzano volvió a dar frutos, más dulces que antes. Y todos aprendieron que compartir no significa decir siempre que sí, sino ofrecer con alegría sin olvidar que quien da también merece recibir cuidado.




