Valentina sembró una semilla en una maceta amarilla. La regó el lunes y el martes, pero el miércoles la tierra seguía igual. «Creo que no funciona», dijo, buscando una cuchara para desenterrarla.
Su vecino, que cuidaba un jardín diminuto, le pidió esperar. «Bajo la tierra ocurren trabajos que los ojos no ven». Le enseñó a tocar la humedad con un dedo y a poner la maceta donde recibiera luz sin demasiado calor.
Pasaron varios días. Valentina marcó cada cuidado en un calendario: agua, sol, descanso. Una mañana olvidó regar; al siguiente volvió a hacerlo sin decidir que todo estaba perdido.
Dos semanas después apareció un punto verde, tan pequeño que parecía una coma. Valentina saltó de alegría, aunque entendió que el brote no había nacido esa mañana: llevaba mucho tiempo preparándose.
La planta creció despacio y un día dio una flor. Desde entonces, cuando una habilidad tardaba en aparecer, Valentina recordaba la maceta amarilla: no todo esfuerzo se ve de inmediato, pero cada cuidado cuenta.




