Relato tradicional
Cada mañana, Julián encontraba sus zapatos en un lugar diferente.
Un martes aparecieron dentro de la bañera. El miércoles estaban bajo la mesa. El jueves, uno amaneció en la cocina y el otro junto a la puerta del patio.
—Seguro los dejas tirados —dijo su hermana.
Julián sabía que era desordenado, pero no tanto.
Esa noche fingió dormir. Cuando el reloj marcó las doce, los zapatos se pusieron de pie. Estiraron los cordones como brazos y caminaron hacia la ventana.
Julián los siguió.
Los zapatos saltaron sobre una senda de nubes. Llegaron a una ciudad donde descansaban objetos cansados: mochilas con los cierres abiertos, lápices mordidos, paraguas torcidos y una bicicleta que pedía aceite con voz chillona.
—Bienvenidos al Taller de los Compañeros Olvidados —anunció una zapatilla anciana.
Los zapatos de Julián se quitaron piedritas de la suela y mostraron un agujero pequeño.
—Nos encanta correr con él —dijo el izquierdo—, pero nunca nos limpia.
—Y nos lanza debajo de la cama como si fuéramos papas —añadió el derecho.
Julián sintió vergüenza. Quiso decir que solo eran zapatos, pero miró todas las aventuras que habían vivido: charcos, partidos, caminatas con el abuelo y la carrera en la que llegó último, aunque no abandonó.
—Lo siento —dijo—. No sabía que estaban tan cansados.
La zapatilla anciana le entregó un cepillo y un hilo fuerte. Julián limpió el barro, sacó las piedras y aprendió a remendar el agujero. El trabajo fue lento. Se pinchó un dedo y el zapato derecho hizo cosquillas para que no llorara.
Cuando terminaron, los zapatos parecían orgullosos.
—¿Volverán conmigo? —preguntó Julián.
—Sí —respondieron—, pero necesitamos un trato.
Acordaron que él los limpiaría una vez por semana, desataría los cordones antes de quitárselos y los guardaría juntos. A cambio, ellos lo llevarían a lugares maravillosos y nunca revelarían que una vez tropezó con una hoja seca.
Regresaron antes del amanecer.
Desde entonces, Julián comenzó a mirar de otra manera las cosas que usaba. Pegó la tapa de su caja de colores, dejó de doblar las páginas de los libros y ayudó a inflar la bicicleta de su hermana.
Una noche encontró sus zapatos junto a la ventana.
—¿Van a salir otra vez? —preguntó.
—Solo a dar una vuelta corta —dijo el izquierdo—. Hay una sandalia nueva que se siente sola.
Julián los dejó ir. Antes les puso una bufanda pequeña porque la noche estaba fría.
Los zapatos caminaron por las nubes y él volvió a la cama sonriendo. Sabía que regresarían. Las cosas bien cuidadas no se quedan porque estén obligadas, sino porque se sienten parte de nuestra historia.




