Relato tradicional
Cuando apagaban la lámpara, la habitación de Ada cambiaba de oficio.
La silla se convertía en jirafa. La bata colgada parecía un fantasma con sueño. Y la planta junto a la ventana se transformaba en una mano con veinte dedos.
Ada llamaba a papá una vez. Luego otra. A la tercera, trataba de quedarse callada porque pensaba que las niñas valientes no molestaban a nadie.
Una noche encontró un botón azul cosido en la esquina de su manta. No estaba allí por la tarde.
Lo presionó.
¡Pum!
La habitación se llenó de una luz azul suave y apareció una criatura redonda, con botas demasiado grandes y un casco de vigilante.
—Brigada Nocturna —anunció—. Nombre: Poldo. Especialidad: investigar cosas que parecen monstruos y casi nunca lo son.
Revisaron la silla-jirafa.
—Resultado: silla con calcetín en el respaldo.
Revisaron el fantasma.
—Resultado: bata de papá, bastante arrugada.
Revisaron la mano de veinte dedos.
—Resultado: planta que necesita agua y quizá un corte de pelo.
Ada comenzó a reírse. Pero entonces sonó un golpe debajo de la cama.
Poldo tragó saliva.
—Puedes investigar tú —dijo.
—¿No eres el experto?
—Soy experto, no imprudente.
Se arrodillaron juntos. Debajo de la cama había dos ojos brillantes.
Ada apretó el botón azul. La luz mostró a su gato, Miga, atrapado dentro de una bolsa de papel.
—¡Miau! —protestó, como si todo fuera culpa de ellos.
Ada lo liberó. Ya se sentía más tranquila, pero al apagar la luz una sombra nueva apareció en la pared. Era enorme y se movía.
—No quiero mirar —susurró.
Poldo le tomó la mano.
—Podemos encender la luz. También podemos llamar a alguien. La valentía no es hacer todo sola.
Ada llamó a papá.
Él llegó sin enfadarse. Juntos descubrieron que la sombra venía de una rama movida por el viento. Papá cerró un poco la cortina y se sentó al borde de la cama.
—Pensé que te cansarías de venir —admitió Ada.
—Puedo estar cansado y venir de todos modos —respondió—. Cuidarte también es mi trabajo.
Poldo saludó con su casco y desapareció. El botón azul quedó cosido a la manta.
Desde aquella noche, Ada siguió viendo figuras extrañas. La oscuridad no dejó de ser oscuridad. Pero ella aprendió a investigar, respirar y pedir compañía.
Algunas veces usaba el botón. Otras llamaba a papá. Y en ocasiones miraba la silla y decía:
—Buenas noches, jirafa de calcetines.
Entonces se acomodaba junto a Miga y cerraba los ojos, sabiendo que ser valiente no significaba no sentir miedo, sino saber qué hacer cuando el miedo llegaba.




