En el desván de su abuelo, Clara encontró una linterna de cobre con estrellas grabadas. «No necesita pilas», le explicó él. «Se enciende con verdades». Clara creyó que era una broma, hasta que dijo «me encantan las mandarinas» y una luz dorada llenó la habitación.
Aquella tarde jugó con la linterna cerca de la ventana y, sin querer, rompió una maceta. Asustada, escondió los trozos detrás de una caja. Cuando su madre preguntó qué había ocurrido, Clara culpó al gato. La linterna se apagó de golpe.
Por la noche, la casa quedó a oscuras durante una tormenta. Clara giró la perilla, la sacudió y pronunció muchas verdades pequeñas, pero la linterna permaneció negra. Entonces sintió que el secreto le pesaba más que la propia oscuridad.
Buscó a su madre y confesó: «Yo rompí la maceta y culpé a Nube porque tuve miedo». La luz regresó, primero como una luciérnaga y luego como un pequeño sol. Su madre respiró hondo. «No me alegra la maceta rota, pero sí que hayas vuelto para decir la verdad».
Juntas recogieron los trozos y al día siguiente plantaron la flor en una taza vieja. Clara entendió que ser honesta no evita siempre una consecuencia, pero enciende el camino para reparar lo sucedido.




