Relato tradicional
A las ocho y siete, todas las luces del edificio se apagaron.
—¡Oh! —dijo Alma.
—¡Ay! —dijo el abuelo.
—¡Miau! —dijo el gato, aunque nadie le había preguntado.
La tormenta había dejado el barrio a oscuras. En el tercer piso lloraba un bebé. En el quinto, don Raúl buscaba sus gafas. En el primero, la señora Pina se preocupaba porque su sopa aún estaba caliente y no veía dónde ponerla.
Alma subió a la azotea con el abuelo. Allí encontraron doce luciérnagas formando un círculo perfecto.
—Una por cada familia del edificio —contó Alma.
La primera luciérnaga voló hasta el tercer piso e iluminó el móvil de estrellas del bebé. La segunda encontró las gafas de don Raúl: estaban sobre su propia cabeza. La tercera guio a la señora Pina por las escaleras con la olla de sopa.
Pero las luciérnagas eran pequeñas y no podían hacerlo todo.
—Nosotros también tenemos luz —dijo el abuelo.
No se refería a electricidad.
La familia del segundo piso llevó velas. La del cuarto compartió una linterna. Don Raúl sabía tocar la guitarra y comenzó una canción para que los niños no tuvieran miedo. La señora Pina repartió sopa caliente en tazas diferentes: una decía “Mejor papá”, otra tenía un reno de Navidad y otra estaba rota por el asa.
Alma recibió la misión de contar a los pequeños una historia. Inventó un dragón que tenía miedo de la oscuridad y dormía con una luciérnaga en la nariz. Todos rieron, incluso el bebé.
Las doce luciérnagas revoloteaban felices. Cada vez que un vecino ayudaba a otro, brillaban con más fuerza.
—Parece que se alimentan de colaboración —observó el abuelo.
—¿Eso se compra?
—No. Se practica.
Cuando volvió la electricidad, nadie corrió a encerrarse en su apartamento. Terminaron la canción, recogieron las tazas y acordaron preparar una caja común con linternas, pilas y números de emergencia.
Alma volvió a la azotea para despedirse. Las luciérnagas formaron una estrella y luego volaron sobre la ciudad.
—¿Regresarán en el próximo apagón? —preguntó.
—Tal vez —dijo abuelo—. Pero ya nos enseñaron dónde estaba la luz.
Esa noche Alma se acostó pensando en las doce familias. Antes apenas conocía algunos nombres. Ahora sabía quién hacía sopa, quién tocaba guitarra, quién contaba chistes y quién necesitaba ayuda para bajar escaleras.
Desde entonces, incluso con todas las lámparas encendidas, el edificio parecía más luminoso. No por las bombillas, sino porque sus vecinos habían aprendido a mirarse, preguntarse qué necesitaban y compartir lo que cada uno tenía.




