Fábula tradicional atribuida a Esopo
Una tarde calurosa, la zorra Renata caminaba por un viñedo cuando vio un racimo de uvas moradas.
Eran redondas, brillantes y parecían llenas de jugo.
—Justo lo que necesito —dijo.
Saltó.
No llegó.
Tomó impulso y saltó más alto.
Nada.
Probó desde una piedra, desde un tronco y desde una carretilla que comenzó a rodar en el peor momento. Terminó dentro de un montón de hojas.
Un erizo que pasaba por allí preguntó:
—¿Necesitas ayuda?
Renata se sacudió.
—¿Ayuda? Para nada. Esas uvas están verdes.
—Parecen maduras —comentó un pájaro.
—Pues deben ser demasiado dulces.
—Dijiste que tenías hambre.
Renata frunció el hocico.
—He decidido que no me gustan las uvas.
Se alejó con la cola muy alta, aunque el estómago le sonaba.
Después de unos pasos, se detuvo. Estaba cansada, frustrada y un poco avergonzada.
Regresó.
—La verdad es que sí las quería —admitió—. No pude alcanzarlas y me molestó.
El erizo señaló una rama caída.
—Podríamos usarla para bajar el racimo.
Trabajaron juntos. El pájaro soltó el tallo y Renata sostuvo la rama.
Las uvas cayeron.
Renata probó una.
—Están deliciosas.
Compartió el racimo con los demás.
—¿Y si no hubiéramos podido bajarlas? —preguntó el erizo.
La zorra pensó.
—Habría seguido sintiéndome decepcionada. Pero no tendría que fingir que las uvas eran malas.
Desde entonces, cuando algo no salía como esperaba, Renata intentaba decir:
—Esto me importaba y no resultó.
A veces buscaba otra estrategia. Otras veces aceptaba que debía dejarlo.
Pero dejó de insultar las uvas, las carreras o los premios solo porque no podía tenerlos.
Descubrió que reconocer una frustración no la hacía débil.
La ayudaba a entender lo que sentía y a decidir qué hacer después.




