Fábula tradicional atribuida a Esopo
Dos viajeros cruzaban un camino bajo un sol intenso.
Uno había alquilado un asno al otro para transportar sus bolsas.
Al mediodía se detuvieron. La única sombra era la del animal.
El viajero se sentó debajo.
—La sombra me corresponde —dijo el dueño—. Alquilaste el asno, no su sombra.
—Sin el asno no habría sombra —respondió el viajero—. La alquilé junto con él.
Comenzaron a discutir.
Se empujaron para ocupar el espacio. Mientras tanto, el asno se cansó de escucharlos, se soltó y caminó hacia unos árboles lejanos.
Cuando dejaron de discutir, ya no había asno, equipaje ni sombra.
Tuvieron que caminar juntos para recuperarlo.
En el trayecto, el sol seguía fuerte.
—Podríamos habernos sentado uno al lado del otro —admitió el dueño.
—O turnarnos —dijo el viajero.
Encontraron al asno descansando bajo un árbol amplio, donde había sombra suficiente para todos.
Se sentaron sin discutir.
Comprendieron que habían estado tan concentrados en demostrar quién tenía razón que olvidaron resolver la necesidad: ambos estaban cansados y necesitaban protegerse del sol.
Al regresar, acordaron las condiciones con claridad y compartieron los descansos.
El asno parecía satisfecho.
Cada vez que las voces subían demasiado, daba unos pasos hacia el bosque.
Y los viajeros recordaban de inmediato que una discusión sin solución podía marcharse llevándose el problema, el equipaje y la sombra.




