Fábula tradicional atribuida a Esopo
Una tortuga llamada Tula admiraba a las águilas.
—Quiero volar —decía.
Un águila le explicó:
—Tu caparazón y tus patas están hechos para otra clase de viaje.
Tula insistió en que la llevara muy alto y la soltara para aprender.
—Eso sería peligroso —respondió el águila.
La tortuga se enfadó.
—No crees en mí.
El águila pensó una forma de ayudar sin ponerla en riesgo.
Construyeron una cometa grande. Tula aprendió a leer el viento, a sostener la cuerda y a subir colinas desde donde podía ver el valle.
También viajó sobre una plataforma segura llevada a poca altura por varias aves, con correas y supervisión.
—No vuelo con mi cuerpo —dijo Tula—, pero estoy aprendiendo sobre el cielo.
Con el tiempo se convirtió en la mejor observadora del clima. Avisaba cuándo cambiaría el viento y ayudaba a las aves jóvenes a elegir rutas.
Comprendió que el águila no había querido destruir su sueño.
Había querido proteger su vida.
Tula siguió amando el vuelo, pero dejó de confundir valentía con lanzarse sin preparación.
Aprendió que escuchar límites no significa renunciar.
A veces significa encontrar otra forma, pedir ayuda, practicar y convertir un deseo imposible en una experiencia segura y valiosa.
Y cuando su cometa se elevaba sobre el valle, Tula sentía el viento en la cara.
No era un águila.
Era una tortuga que había encontrado su propia manera de tocar el cielo.




