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Emociones

La tetera que hervía demasiado rápido

La tetera de Maia comienza a silbar cada vez que ella guarda un enojo. Pronto toda la cocina descubrirá que algo necesita salir con cuidado.

4 a 8 años7 min de lecturaautorregulación, responsabilidad, reparación, comunicación
Niña junto a una tetera roja que silba pequeñas nubes de colores mientras conversa con su madre en una cocina acogedora.

Relato tradicional

En la cocina de Maia había una tetera roja llamada Doña Pita.

Doña Pita era útil, brillante y un poco impaciente. Empezaba a silbar antes de que el agua estuviera lista, como si temiera que todos olvidaran su existencia.

Una tarde, Maia construyó una torre con cajas de cereal. Le había tomado mucho tiempo equilibrar la última caja.

Su hermano Nico pasó corriendo y la derribó.

—Fue sin querer —dijo él.

Maia sintió calor en las orejas.

—No pasa nada —contestó, aunque sí pasaba.

En la cocina, Doña Pita comenzó a vibrar.

—Fiiiiii…

—Pero ni siquiera está encendida —observó mamá.

Maia recogió las cajas con movimientos rápidos. Nico quiso ayudar, pero ella le quitó una de las manos.

—Dije que no pasa nada.

La tetera silbó más fuerte.

—FIIIIIIII.

Durante la merienda, Nico tomó por error el vaso azul de Maia.

—Puedes usarlo —dijo ella con los dientes apretados.

Doña Pita saltó sobre la estufa.

—¡FIIIIIIIIIIIII!

De su pico salió una nube de vapor con forma de puercoespín.

Mamá apagó todo, aunque nada estaba encendido, y se sentó junto a Maia.

—Creo que alguien está hirviendo demasiado rápido.

—Es la tetera —dijo Maia.

Doña Pita respondió con un silbido indignado.

Mamá puso una mano sobre la mesa.

—Puede ser. Pero tus hombros están duros, tus manos apretadas y estás hablando como si cada palabra tuviera espinas.

Maia miró sus puños. No había notado cuánto los apretaba.

—Estoy enojada porque Nico derribó mi torre —admitió.

La tetera bajó un poco el volumen.

—Y porque dijo “sin querer” como si eso la reconstruyera.

Doña Pita soltó una nubecita más pequeña.

Mamá le mostró tres cosas: separar las manos, soplar como si enfriara una sopa y decir lo que necesitaba sin atacar.

Maia respiró. Al principio el aire salió como un bufido de dragón. Lo intentó otra vez.

—Nico, me dio mucha rabia que mi torre se cayera. Necesito que no corras junto a mis construcciones y que me ayudes a levantarla.

Nico dejó el vaso azul.

—Puedo ayudarte. También puedo poner una cinta en el suelo para recordar por dónde no correr.

Maia aún estaba molesta. Decirlo no borró el enojo de inmediato, pero lo hizo más manejable.

Entonces Doña Pita lanzó una última nube con forma de oveja y quedó en silencio.

Más tarde, mientras reconstruían la torre, Maia movió una caja demasiado rápido y golpeó el robot de Nico. Una rueda salió disparada.

—Fue sin querer —dijo Maia.

Los dos se miraron.

—Esa frase no arregla la rueda —añadió ella.

Buscó pegamento y lo ayudó a repararla.

Desde aquel día, Doña Pita siguió silbando cuando el agua hervía y, algunas veces, cuando alguien guardaba demasiado tiempo lo que sentía.

En la familia aprendieron a escucharla.

No para obedecer cada enojo, sino para descubrir qué necesitaba cuidado antes de que las palabras se desbordaran por toda la cocina.

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