Relato tradicional
En casa de Olivia había una risa que aparecía todos los días a las cinco de la tarde.
A veces nacía de un chiste de su hermano. Otras, de una tostada quemada o de la forma en que mamá pronunciaba palabras inventadas.
La risa saltaba por la cocina, hacía cosquillas en las cortinas y terminaba escondida dentro del frutero.
Pero un martes no apareció.
Mamá llegó del trabajo, dejó el bolso y se sentó sin quitarse los zapatos. Tenía los ojos cansados.
—¿Qué pasó? —preguntó Olivia.
—Hoy fue un día difícil —respondió mamá—. Una persona a la que quiero está enferma y estoy preocupada.
Olivia buscó la risa detrás del frutero. No estaba.
Su hermano contó el chiste del pato que entraba a una farmacia. Nada.
Olivia puso una cuchara sobre su nariz y caminó como pingüino. Mamá sonrió un poquito, pero la risa no salió.
—Tenemos que encontrarla —dijo Olivia—. En esta casa siempre nos reímos a las cinco.
Buscaron debajo de la mesa, dentro del horno apagado y entre los cojines. El hermano incluso revisó el bolsillo de mamá.
—Tal vez se fue porque está triste —susurró Olivia.
Mamá la abrazó.
—O quizá hoy la risa necesita descansar.
—¿Eso puede pasar?
—Claro. Ninguna emoción tiene que trabajar todos los días.
Olivia se sentó a su lado. No sabía qué decir. Estaba acostumbrada a que mamá solucionara las cosas: curaba raspones, encontraba calcetines y hacía que las tareas difíciles parecieran posibles.
Ahora no había nada que Olivia pudiera arreglar.
—¿Quieres que te cuente algo bonito? —preguntó.
—Después. Ahora solo quiero que estén aquí.
Prepararon una merienda sencilla. Comieron en silencio durante un rato. El hermano apoyó la cabeza sobre el hombro de mamá. Olivia le cubrió las piernas con una manta, aunque no hacía frío.
La cocina se sentía diferente, pero no vacía. Había preocupación, cansancio y también mucho cariño.
Al terminar, mamá dijo:
—Gracias por no obligarme a sentirme mejor enseguida.
Entonces, desde la ventana, se oyó un sonido pequeñito:
—Ji.
La risa estaba allí, dormida sobre el alféizar. Abrió un ojo, bostezó y volvió a acomodarse.
—No hace falta despertarla —dijo Olivia.
Aquella noche mamá seguía preocupada. La familia seguía sin respuestas. Sin embargo, prepararon la cena, se dieron un abrazo largo y llamaron por teléfono a la persona enferma.
Dos días después, la risa regresó. No porque todo se hubiera resuelto, sino porque encontró un momento para volver.
Desde entonces, en casa de Olivia dejaron de contar con una risa obligatoria a las cinco.
Algunas tardes había carcajadas. Otras había silencio, lágrimas o cansancio.
Y todas seguían siendo tardes de familia.




