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Para dormir

La sopa de estrellas de mamá Elena

Cuando Tomás vuelve triste del colegio, mamá Elena prepara una sopa especial que no borra los problemas, pero ayuda a reunir fuerzas.

3 a 7 años7 min de lecturacuidado, resiliencia, amor familiar, expresión emocional
Madre e hijo cocinando una sopa luminosa con pequeñas estrellas en una cocina nocturna y acogedora.

Relato tradicional

Tomás regresó del colegio con la mochila arrastrando por el suelo.

—¿Cómo te fue? —preguntó mamá Elena.

—Bien.

Pero “bien” sonó como una puerta cerrada.

Mamá no lo obligó a hablar. Le ayudó a quitarse los zapatos y puso una olla sobre la estufa.

—Hoy prepararemos sopa de estrellas.

Tomás se sentó en la cocina. Observó cómo mamá cortaba zanahorias, añadía caldo y buscaba la pasta con forma de estrella.

—Esta estrella es para el cansancio —dijo, dejando caer una.

—¿Y esa? —preguntó Tomás.

—Para las cosas que todavía no queremos contar.

Tomás añadió otra.

—Esta es para cuando alguien dice que no puedes jugar porque corres lento.

Mamá dejó la cuchara sobre la mesa.

—Eso ocurrió hoy.

Tomás asintió. En el recreo, dos niños habían formado equipos y lo dejaron fuera. Él fingió que no le importaba, pero pasó el resto del tiempo pateando piedritas.

—Quizá sí corro lento —dijo.

—Puede ser que otros corran más rápido —respondió mamá—. Pero nadie merece ser tratado como si no tuviera nada que aportar.

Añadieron una estrella para la tristeza, otra para el valor de contarlo y una más para pensar qué hacer al día siguiente.

—¿Puedo pedir ayuda a la profesora?

—Claro. También puedes decir: “No me gusta que me dejen fuera”. Y podemos practicarlo juntos.

Tomás sostuvo la cuchara como si fuera un micrófono.

—No me gusta que me dejen fuera.

Al principio lo dijo muy bajo. Después más firme. La tercera vez, mamá fingió ser una jugadora de fútbol muy despistada y preguntó si la sopa podía ser portera. Tomás se echó a reír.

Cenaron juntos. La sopa no hizo desaparecer lo ocurrido. Tampoco convirtió a Tomás en el corredor más veloz. Pero calentó su barriga y dejó un espacio para que la tristeza pudiera salir sin quedarse sola.

Antes de dormir, mamá llevó una pequeña taza con el último sorbo.

—¿La sopa es realmente mágica? —preguntó Tomás.

—La pasta no. La magia está en sentarnos sin prisa y decir la verdad.

Al día siguiente, Tomás habló con su profesora. Ella organizó juegos donde cada niño tenía un papel distinto: correr, pasar, observar o animar. Tomás descubrió que era excelente encontrando espacios libres y dando pases precisos.

Esa noche pidió sopa otra vez.

—¿Tuviste otro día difícil? —preguntó mamá.

—No. Hoy quiero poner una estrella por algo bueno.

La dejó caer en el plato.

—Esta es por haber pedido ayuda.

Mamá Elena sonrió. A veces una madre no puede evitar cada herida del mundo, pero puede ofrecer una mesa, una escucha atenta y la certeza de que su hijo nunca tendrá que atravesar solo lo que le duela.

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