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La semilla que crecía cuando nadie miraba

Abril cree que su semilla no hace nada porque cada mañana sigue bajo tierra, hasta descubrir el trabajo invisible de crecer.

4 a 8 años6 min de lecturaPerseverancia y paciencia
Niña observando una maceta transparente donde raíces doradas crecen bajo tierra mientras aún no aparece ningún brote.

Relato tradicional

Abril plantó una semilla de girasol el primer lunes de primavera.

La cubrió con tierra, la regó y se sentó frente a la maceta.

Esperó.

Después de diez minutos, escarbó un poquito.

—Todavía está ahí —dijo decepcionada.

Su abuelo volvió a cubrirla.

—Crecer toma tiempo.

Al día siguiente, Abril corrió a la maceta. No había nada.

—Se está haciendo la dormida.

El miércoles tampoco había brote. El jueves, la tierra parecía exactamente igual. El viernes, Abril anunció que la semilla era la más perezosa del mundo.

—Yo ya habría crecido —aseguró.

—Tú tardaste meses antes de nacer —recordó el abuelo.

—Pero estaba ocupada.

El abuelo sonrió.

—Quizás la semilla también.

Aquella noche hubo una tormenta. Un relámpago iluminó la maceta y, por un instante, Abril pudo ver a través de la tierra.

Debajo de la superficie, la semilla no dormía.

Se había abierto. De ella salía una raíz blanca que empujaba piedras diminutas, buscaba agua y se aferraba al suelo. Era un trabajo silencioso y enorme.

A la mañana siguiente, la tierra volvió a verse normal.

Abril decidió ayudar sin molestar. Regó solo lo necesario. Colocó la maceta donde recibía sol. Cada día dibujó lo que veía, aunque durante varios días su dibujo fue simplemente un rectángulo marrón.

También practicaba montar bicicleta. Al principio se caía. Luego avanzaba un metro, después tres. Había días en que parecía no mejorar.

—Tal vez mis piernas están haciendo raíces —pensó.

Dos semanas después, una curva verde rompió la tierra.

Abril gritó tanto que el vecino salió con una escoba, convencido de que había aparecido un dragón.

El brote creció despacio. Perdió una hoja por el viento y otra fue mordida por una oruga con excelente apetito. Abril siguió cuidándolo.

Meses después, el girasol abrió una flor enorme.

—Ahora todos pueden verla —dijo el abuelo.

Abril tocó el tallo firme.

—Pero empezó a crecer mucho antes.

Desde entonces, cuando algo tardaba, Abril intentaba no confundir “todavía no lo veo” con “no está ocurriendo”.

Sabía que bajo la tierra, dentro de las manos que practicaban y detrás de los esfuerzos pequeños, podían estar creciendo raíces fuertes.

Y las raíces, aunque nadie las aplauda, son las que sostienen las flores.

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