Fábula tradicional atribuida a Esopo
Rita la rana vio pasar a un buey enorme.
—Qué fuerte y grande es —dijo—. Todos lo miran.
Comenzó a inflarse.
—¿Ya soy igual?
—No —respondieron sus amigas.
Rita tomó más aire.
—¿Ahora?
—Todavía no.
Siguió inflándose hasta que empezó a marearse.
Una libélula se posó frente a ella.
—¿Para qué quieres ser del tamaño del buey?
—Para ser importante.
En ese momento, un renacuajo quedó atrapado entre unas hojas al otro lado del estanque. El buey intentó acercarse, pero sus patas eran demasiado grandes para entrar sin pisar los nenúfares.
Rita desinfló las mejillas y saltó.
Cruzó el agua, se deslizó entre las plantas y liberó al pequeño.
Todos celebraron.
El buey inclinó la cabeza.
—Yo no podría moverme así.
Rita lo miró sorprendida.
—Pero tú puedes cargar troncos.
—Cada cuerpo sirve para cosas distintas.
Rita comprendió que había estado comparando tamaños sin mirar capacidades.
Desde entonces admiró al buey sin intentar convertirse en él. Practicó sus saltos, aprendió a nadar mejor y enseñó a los renacuajos a moverse entre los juncos.
Cuando sentía deseos de ser igual a otro animal, se preguntaba:
—¿Qué admiro de él? ¿Puedo aprender algo sin dejar de ser yo?
Así descubrió que admirar no exige imitarlo todo.
Y que una rana no necesita ser enorme para hacer algo grande.




