Relato tradicional
En el taller del abuelo Julián había cajones para tornillos, frascos para botones y una campana que sonaba cada vez que alguien tenía una buena idea.
Una mañana apareció una puerta azul en la pared del fondo.
Era pequeña, redonda y tenía una cerradura en forma de espiral.
—¿Qué hay detrás? —preguntó Lara.
—No lo sé —respondió el abuelo—. Ayer solo había pared.
Lara tiró del pomo. Nada.
Empujó con las dos manos. Nada.
Tomó carrera y chocó con el hombro.
—¡Ay!
La puerta ni siquiera parpadeó.
—Tal vez necesita una llave —sugirió el abuelo.
Lara probó todas las llaves del taller. La de la caja de pinturas, la del baúl de invierno y una tan diminuta que parecía para hormigas. Ninguna funcionó.
—¡Esta puerta es absurda! —protestó.
La campana de las buenas ideas permaneció en silencio.
Lara buscó una palanca. Después intentó hacer cosquillas al pomo, cantarle una canción y ofrecerle medio bocadillo. La puerta no se movió.
Cuanto más fallaba, más rápido quería probar otra cosa. Sus movimientos se volvieron torpes. Derribó un frasco de botones y casi rompió una maqueta.
El abuelo colocó un cojín en el suelo.
—Creo que necesitas sentarte.
—¡Necesito abrir la puerta!
—Tal vez ambas cosas.
Lara cruzó los brazos, pero se sentó. Al principio solo escuchó su respiración enfadada. Luego notó algo que no había visto: alrededor de la cerradura había dibujos de una oreja, un ojo y una mano abierta.
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó.
—Porque yo tampoco lo había visto —respondió el abuelo—. Estábamos demasiado ocupados empujando.
Lara acercó la oreja. Del otro lado se oía un tintineo.
Miró por la cerradura y distinguió un destello verde.
Finalmente apoyó la mano abierta sobre la puerta. El pomo se calentó y apareció una frase diminuta:
“Pide lo que necesitas”.
Lara tragó saliva.
—Necesito ayuda —dijo.
El abuelo se acercó.
—¿Para empujar?
—No. Para pensar conmigo.
Observaron los símbolos. Probaron tocar primero la oreja, después el ojo y al final la mano. La cerradura giró.
La puerta se abrió hacia un jardín minúsculo donde crecían flores con forma de engranajes. En el centro había una caja con una nueva campana para el taller.
Lara la hizo sonar.
—¿Cuál fue la buena idea? —preguntó el abuelo—. ¿La secuencia de símbolos?
—No —respondió ella—. La buena idea fue parar antes de romper algo y pedirte que pensaras conmigo.
La puerta permaneció en el taller. Algunas veces se abría con facilidad y otras presentaba nuevos acertijos.
Lara siguió frustrándose. También siguió aprendiendo que perseverar no significa repetir lo mismo hasta agotarse.
A veces la forma más valiente de continuar era descansar, observar y decir:
—Esto me está costando. ¿Me acompañas?




