Fábula tradicional atribuida a Esopo
Una hormiga se acercó al río para beber. Una piedra cedió y cayó al agua.
La corriente la arrastró.
—¡Ayuda! —gritó.
Una paloma llamada Alba la vio desde una rama. Arrancó una hoja y la dejó caer cerca.
La hormiga subió y llegó a la orilla.
—Gracias —dijo—. Algún día podría ayudarte.
Alba no se rio.
—Nunca se sabe cuándo necesitaremos a otro.
Días después, un cazador se acercó al árbol donde descansaba la paloma. Preparó una red.
La hormiga lo vio. Era demasiado pequeña para mover la red o avisar con un grito que Alba pudiera escuchar.
Pensó rápidamente.
Subió por la bota del cazador y le dio un mordisco en el tobillo.
El hombre saltó, dejó caer la red y hizo tanto ruido que Alba despertó y voló.
Más tarde, la paloma encontró a la hormiga.
—Me salvaste.
—Usé lo único que tenía.
Alba comprendió que la ayuda no debía parecerse a la suya para ser valiosa. Ella tenía alas y hojas. La hormiga tenía rapidez y dientes pequeños.
Desde entonces, cuando alguien decía que era demasiado pequeño para marcar una diferencia, Alba contaba la historia del río y la bota.
La hormiga agregaba:
—No siempre podemos resolver todo. Pero podemos observar, pensar y hacer la parte que está a nuestro alcance.
Y ambas continuaron ayudando sin llevar una cuenta, porque habían aprendido que la solidaridad no es un intercambio de favores.
Es una forma de no dejar solo a quien está en peligro.




