Relato tradicional
La profesora Mar dejó una caja en medio del aula.
—Para el concierto de fin de curso —anunció—, cada persona traerá un sonido propio.
Al día siguiente llegaron sonidos muy distintos.
Nadia llevó dos cucharas que hacían “tin, tin”. Joel podía silbar como un pájaro. Emma golpeaba suavemente sus rodillas. Leo llevaba un tubo que sonaba “prrrr” y hacía reír a todos.
Sami no quería participar. Cuando se ponía nervioso, repetía pequeños golpecitos con los dedos sobre la mesa.
—Ese no es un instrumento —dijo un compañero.
Mara, que usaba audífonos, prefería sentir el ritmo poniendo las manos sobre un tambor grande. Algunos sonidos agudos le molestaban, así que se alejaba cuando todos tocaban a la vez.
El primer ensayo fue un desastre.
Las cucharas iban rápido, el silbido aparecía cuando quería y el tubo de Leo sonaba como un elefante resfriado. La profesora Mar levantó las manos.
—Tenemos sonidos. Todavía no tenemos escucha.
Pidió que tocaran uno por uno. Cuando llegó el turno de Sami, él escondió las manos.
—No traje nada.
Nadia había escuchado sus golpecitos.
—Sí trajiste. Suena así: tac-tac, pausa, tac.
Sami repitió el patrón. Mara apoyó las manos sobre el tambor y sonrió. Podía sentirlo con claridad.
—Ese puede ser el corazón de la canción —dijo.
Construyeron la música alrededor de aquel ritmo. Las cucharas entraban después de la pausa. El silbido respondía desde lejos. El tubo de Leo solo sonaba dos veces, lo cual lo hacía todavía más divertido.
También acordaron una señal para bajar el volumen cuando Mara la necesitara. No era un favor que estropeara la canción: los momentos suaves la hicieron más interesante.
Durante el concierto, algo salió mal. Una cuchara cayó, Joel olvidó silbar y el tubo hizo “prrrr” tres veces en lugar de dos.
Sami mantuvo el ritmo:
Tac-tac, pausa, tac.
Todos pudieron regresar.
El público aplaudió de pie.
Después, el compañero que había dicho que los golpecitos no eran un instrumento se acercó.
—Sin tu sonido nos habríamos perdido.
Sami no supo qué responder, así que hizo:
Tac-tac, pausa, tac.
El otro niño respondió golpeando su pecho una vez.
La Orquesta de los Sonidos Raros siguió reuniéndose. Descubrieron música en cremalleras, pasos, respiraciones y hojas arrugadas.
No todos los sonidos servían para todas las canciones. Algunos necesitaban cuidado, espacio o menor volumen.
Pero nadie volvió a preguntar si un sonido era demasiado raro para pertenecer.
Primero aprendieron a escucharlo.
Después decidían juntos dónde podía brillar.




