Relato tradicional
La noche antes de la presentación del colegio, Amalia practicó su poema tantas veces que hasta el espejo parecía habérselo aprendido.
—Mañana debo hacerlo perfecto —repetía.
Mamá le recordó que también debía dormir, pero Amalia siguió ensayando en voz baja. Cuando abrió la ventana para respirar, una nube pequeña cayó sobre el alféizar con un sonido de almohada.
—Perdón —murmuró la nube—. Solo cerraré los ojos un minutito.
Se quedó dormida de inmediato.
Amalia intentó despertarla. La nube debía estar en el cielo, llevando lluvia a los campos. Sin embargo, cada vez que abría un ojo, volvía a cerrarlo.
—He cruzado tres montañas, regado doce huertos y dado sombra a un rebaño entero —explicó—. Pero no puedo detenerme. Las nubes útiles siempre están ocupadas.
Amalia entendía esa sensación. Ella también creía que las niñas responsables nunca se equivocaban, nunca olvidaban una palabra y nunca necesitaban descansar.
—Podrías dormir aquí un rato —propuso—. Yo vigilaré.
Preparó una cama en el alféizar con una bufanda suave. La nube se acomodó, pero comenzó a gotear de preocupación.
—Si descanso, alguien podría necesitarme.
Amalia puso un cuenco bajo las gotitas.
—Si no descansas, mañana no podrás ayudar a nadie.
La nube la miró sorprendida.
—¿Eso también sirve para las niñas?
Amalia no respondió enseguida.
Se sentó junto a ella y ambas hicieron una respiración lenta. Al inhalar, la nube crecía un poquito. Al exhalar, se volvía blanda y redonda. Después de cinco respiraciones, Amalia dejó de pensar en el poema por primera vez en toda la tarde.
Durmieron juntas.
Al amanecer, la nube despertó esponjosa y brillante. Dio una vuelta alegre por la habitación y dejó caer una lluvia diminuta sobre la planta del escritorio.
—Ya puedo continuar —dijo—. ¿Y tú?
Amalia sentía mariposas en el estómago, pero ya no parecían un ejército. Eran solo mariposas.
En la presentación olvidó una palabra. Durante un segundo quiso salir corriendo. Entonces recordó a la nube dormida en su ventana. Respiró, sonrió y dijo:
—Voy a empezar esa parte otra vez.
Nadie se burló. Sus compañeros esperaron. Cuando terminó, recibió un aplauso tan cálido que sintió que el sol había entrado al salón.
Esa noche, una nube pasó frente a su ventana y dejó una pequeña estrella de vapor en el vidrio.
Amalia se puso el pijama sin protestar.
—Mañana seguiré practicando —dijo—. Pero esta noche voy a cuidarme.
Cerró los ojos. Afuera, la nube continuó su viaje, ligera y descansada, sabiendo que hasta el cielo necesita hacer una pausa de vez en cuando.




