Relato tradicional
La Noche tenía muchísimo trabajo.
Debía extender el cielo, encender la luna, acomodar millones de estrellas y recordar a los grillos que no todos querían un concierto junto a la ventana.
Por eso recorría el mundo diciendo:
—A dormir, a dormir, mañana será otro día.
Pero aquella noche nadie obedecía.
Un búho daba vueltas sin descansar. Una niña llamada Salomé miraba el techo. Un perro lloraba junto a una puerta y un padre caminaba por la cocina.
—¿Por qué siguen despiertos? —preguntó la Noche—. He puesto oscuridad, silencio y hasta una luna preciosa.
—Tal vez necesitas escuchar —dijo la estrella más pequeña.
La Noche se sorprendió. Ella sabía cubrir, apagar y arrullar, pero escuchar le parecía una pérdida de tiempo.
Primero visitó al búho.
—No puedo dormir porque hoy no encontré comida para mis polluelos —explicó.
La Noche estuvo a punto de decir “mañana será otro día”, pero guardó silencio. Un granjero que escuchaba desde su ventana dejó algunas frutas en un lugar seguro.
Después se acercó al perro. Su familia había salido con prisa y él temía que no regresara. La Noche se sentó junto a él hasta que oyó las llaves en la puerta.
Por último entró en la habitación de Salomé.
—A dormir —comenzó a decir.
Se detuvo.
—¿Qué necesitas contar?
Salomé explicó que había discutido con su mejor amiga y no sabía cómo arreglarlo. También temía que sus padres se enfadaran si decía que no quería ir sola a hablar con ella.
La Noche no dio una respuesta rápida. Llamó suavemente a mamá, que se sentó en la cama y escuchó toda la historia.
—Mañana podemos pensar juntas qué decir —prometió—. Y si necesitas que esté cerca, lo estaré.
Salomé respiró mejor.
En la cocina, el padre que caminaba de un lado a otro estaba preocupado por un error en el trabajo. Su pareja apagó el teléfono, sirvió agua y le ofreció diez minutos de atención sin soluciones ni reproches.
Poco a poco, el mundo comenzó a dormirse.
La Noche comprendió que las personas no siempre permanecían despiertas porque faltara oscuridad. Algunas tenían palabras atrapadas, preguntas sin responder o emociones buscando compañía.
Desde entonces cambió su recorrido. Ya no decía únicamente “a dormir”. Primero preguntaba:
—¿Hay algo que tu corazón necesite dejar aquí antes de descansar?
A veces recibía una historia larga. Otras, una sola palabra: miedo, alegría, enojo, extraño. La Noche escuchaba sin apurar.
Luego extendía su manta sobre las casas y decía:
—Lo que sientes puede esperar acompañado hasta mañana.
Salomé habló con su amiga al día siguiente. No solucionaron todo de inmediato, pero se escucharon y comenzaron de nuevo.
Esa noche, cuando la Noche llegó a su ventana, Salomé ya estaba en cama.
—Hoy también quiero escucharte a ti —dijo la niña—. ¿Cómo fue tu día?
Nadie se lo había preguntado antes.
La Noche sonrió. Contó historias de búhos, perros, familias y estrellas pequeñas. Salomé escuchó hasta quedarse dormida.
Y desde entonces, cada vez que una casa guarda unos minutos para hablar con verdad antes de apagar la luz, la Noche se vuelve un poco más suave, porque sabe que allí nadie tiene que llevar sus palabras solo hasta los sueños.




