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Para dormir

La luna que perdió un bostezo

La luna ha perdido el bostezo que pone a dormir al barrio. Jacinta descubrirá que algunas cosas aparecen cuando dejamos de correr y escuchamos.

3 a 6 años6 min de lecturaempatía, paciencia, escucha, cooperación
Niña en pijama sosteniendo un bostezo luminoso frente a una luna sonriente sobre un barrio nocturno.

Relato tradicional

En la calle de los Balcones Azules nadie conseguía dormir.

Los gatos caminaban de un tejado a otro. El panadero había preparado tanto pan que ya no encontraba dónde ponerlo. Y Jacinta daba vueltas bajo la manta como una croqueta inquieta.

—Mi sueño conoce la dirección —dijo—, pero esta noche parece que se perdió.

Su papá se sentó a su lado. Ya le había leído un cuento, acomodado la almohada y llevado dos sorbitos de agua. Entonces Jacinta miró por la ventana y descubrió algo extraño: la luna abría la boca, pero no lograba bostezar.

—Aaaaa… —intentaba.

Nada.

La luna se acercó a la ventana y habló con voz de leche tibia:

—He perdido mi bostezo. Es el primero de cada noche. Cuando yo bostezo, las estrellas se acomodan y los sueños encuentran sus casas.

Jacinta se puso sus pantuflas. Guardó una linterna, un pañuelo y una galleta en el bolsillo.

—¿La galleta es para el bostezo? —preguntó papá.

—No. Buscar cosas da hambre.

Salieron juntos. El panadero había oído un largo “aaaaa” junto a la fuente. Doña Remedios creyó verlo pasar sobre el sombrero del policía. Dos hermanos juraban que se había escondido en su jardín, aunque lo único que encontraron fue un calcetín mojado.

Jacinta revisó debajo de los bancos, dentro de los buzones y entre las macetas. Nada.

Cansada, se sentó en el parque.

—Quizás no podamos encontrarlo.

Papá se acomodó a su lado.

—Antes de rendirnos, probemos algo diferente: quedémonos quietos.

Apagaron la linterna. Al principio Jacinta solo oyó sus propios pensamientos. Luego escuchó el agua de la fuente, las hojas rozándose y la respiración tranquila de papá.

Entonces llegó un sonido muy pequeño:

—Aaaa…

Venía del hueco del árbol viejo.

Allí encontraron una burbuja de luz tibia. Se estiraba, temblaba y trataba de esconderse entre las raíces.

—Es el bostezo —susurró Jacinta—. Está asustado.

Lo envolvió con su pañuelo, igual que su mamá la envolvía cuando una tormenta hacía vibrar los vidrios. Después regresaron a casa caminando despacio, para que el bostezo no volviera a escapar.

La luna los esperaba preocupada.

—¡Mi bostezo!

Jacinta abrió el pañuelo. La burbuja flotó sobre los tejados, rozó una nube y entró en la boca de la luna.

La luna respiró profundamente.

—Aaaaaaaaaah…

Bostezó una estrella. Luego otra. Bostezó el panadero sobre una montaña de panes. Bostezó doña Remedios. Bostezaron los gatos, las flores y hasta el policía, que tuvo que sujetarse el sombrero.

Jacinta bostezó también.

Papá la llevó a la cama y le acomodó la manta.

—¿Sabes qué aprendí? —dijo ella con los ojos ya pequeños—. El bostezo estaba allí todo el tiempo, pero hacía demasiado ruido para escucharlo.

—A veces pasa también con lo que sentimos —respondió papá—. Cuando nos detenemos, el corazón puede hablarnos.

La luna cerró los ojos. El barrio apagó sus últimas luces y los sueños entraron, uno por uno, en cada habitación.

El último llegó a casa de Jacinta. Olía un poquito a pan recién horneado y llevaba una galleta redonda en el bolsillo.

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