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Emociones

La linterna que tenía miedo de encenderse

Candela es una linterna que teme apagarse justo cuando alguien más la necesite. Una noche sin electricidad descubrirá para qué sirve su luz.

4 a 7 años6 min de lecturavalentía, confianza, solidaridad, aceptación del miedo
Niña sosteniendo una pequeña linterna dorada que ilumina un pasillo durante un apagón, acompañada por su abuela y un gato.

Relato tradicional

En el cajón de la entrada vivía Candela, una linterna pequeña de cuerpo amarillo y botón redondo.

Durante el día parecía muy segura. Le gustaba escuchar cómo la familia entraba y salía, cómo la abuela dejaba las llaves en el cuenco azul y cómo Milo, el gato, perseguía motas de polvo.

Pero por la noche Candela tenía un secreto: le daba miedo encenderse.

—¿Y si mi luz es demasiado débil? —pensaba—. ¿Y si todos esperan mucho de mí y me apago en el peor momento?

Por eso, cuando alguien abría el cajón, Candela rodaba detrás de los guantes y fingía estar dormida.

Una tarde llegó una tormenta. La lluvia golpeó las ventanas y, de pronto, toda la casa quedó oscura.

—¡Se fue la electricidad! —dijo mamá desde la cocina.

Inés estaba construyendo un castillo con cojines. Al apagarse las luces, se quedó muy quieta.

—Abuela —llamó—, no veo nada.

La abuela conocía bien el cajón. Metió la mano, apartó los guantes y encontró a Candela temblando.

—Aquí estás —dijo con suavidad.

Candela deseó hacerse tan pequeña como un botón. Sin embargo, la abuela no la encendió enseguida. Primero la colocó en las manos de Inés.

—A veces las cosas pequeñas necesitan que las sostengamos con cariño —explicó.

Inés apretó la linterna contra su pecho.

—No tienes que iluminar toda la casa —le susurró—. Solo el pedacito que está delante de nosotras.

Candela sintió algo tibio alrededor de sus pilas. Inés presionó el botón.

¡Clic!

Apareció un círculo dorado sobre el suelo. No era enorme. No llegaba hasta la cocina ni hacía desaparecer todas las sombras. Pero mostraba exactamente dónde poner el siguiente pie.

—¡Funciona! —celebró Inés.

Caminaron hasta la sala. Milo iba detrás, atacando la luz como si fuera una mariposa. Cada vez que el gato saltaba, Inés reía y Candela brillaba un poquito más.

Entonces oyeron un maullido distinto.

La gatita del vecino se había refugiado bajo una silla del patio y no encontraba la puerta. La lluvia la había mojado por completo.

Candela volvió a temblar.

—El patio es muy oscuro —pensó—. Tal vez mi luz no alcance.

Inés también sintió miedo. Los truenos sonaban fuertes y el viento movía las plantas.

La abuela se agachó junto a ella.

—No tenemos que dejar de sentir miedo para ayudar —dijo—. Podemos hacerlo juntas y despacio.

Inés sostuvo a Candela. La abuela sostuvo la mano de Inés. Así salieron al patio: una detrás de otra, como un pequeño tren de valentía.

El haz dorado pasó sobre las macetas, encontró dos ojos asustados y dibujó un camino hasta la puerta. La gatita siguió la luz y entró corriendo.

Cuando regresó la electricidad, todos aplaudieron a Candela.

—No iluminé toda la casa —dijo la linterna, todavía sorprendida.

—No hacía falta —respondió Inés—. Iluminaste el lugar donde alguien te necesitaba.

Desde aquella noche Candela siguió sintiendo un cosquilleo cada vez que alguien abría el cajón. Pero ya no se escondía.

Sabía que ser valiente no era brillar sin temblar.

Era encenderse, aunque temblara un poquito.

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