Fábula tradicional difundida por Esopo, La Fontaine y Samaniego
Marina llevaba un cántaro de leche al mercado.
Mientras caminaba, comenzó a imaginar.
—Con el dinero compraré huevos. De los huevos saldrán pollitos. Venderé algunos y compraré una cabra. Después abriré una tienda enorme.
Se vio con un vestido elegante saludando a los clientes.
—Todos querrán conocer a Marina, la gran comerciante.
En su imaginación hizo una reverencia.
En el camino real, su cabeza también se inclinó.
El cántaro cayó.
La leche se derramó sobre la tierra.
Marina se quedó inmóvil. Sus pollitos imaginarios, la cabra y la tienda desaparecieron en un segundo.
Quiso llorar y también enfadarse consigo misma.
Una vendedora de hierbas que pasaba por allí se sentó a su lado.
—Perdí todo lo que iba a tener —dijo Marina.
—Perdiste la leche de hoy —respondió la mujer—. Tus sueños todavía existen, pero necesitarán otro plan.
Marina regresó a casa y contó lo ocurrido sin inventar excusas. Al día siguiente llevó otro cántaro, esta vez dentro de una cesta estable.
Siguió soñando, pero dividió el camino en tareas: llegar sin derramar, vender la leche, guardar una parte del dinero y comprobar cuánto costaban realmente los huevos.
Meses después compró sus primeras gallinas.
No tuvo una tienda enorme de inmediato. Primero vendió huevos, luego queso y después pan.
La tienda llegó años más tarde.
En una repisa conservaba el viejo cántaro reparado.
Cuando alguien le preguntaba por él, Marina decía:
—Me enseñó que imaginar el futuro puede darnos dirección, pero mirar el suelo evita que tropecemos antes de empezar.
Nunca dejó de soñar en grande.
Solo aprendió a sostener sus sueños con ambas manos y a cuidar el paso que estaba dando.




