Fábula tradicional atribuida a Esopo
En una granja humilde vivía una gallina llamada Dorotea.
Una mañana puso un huevo de oro.
La familia pensó que era una piedra pintada, pero el joyero confirmó que era auténtico.
Al día siguiente apareció otro.
Con cada huevo, la familia reparó el techo, compró herramientas y guardó una parte para el futuro.
Pero el granjero comenzó a impacientarse.
—Si Dorotea produce un huevo diario, debe tener muchos dentro. Podríamos obtenerlos todos ahora.
Su esposa negó con la cabeza.
—La gallina necesita alimento, descanso y cuidado. El regalo llega a su tiempo.
El granjero insistió en hacerla poner más. Encendió luces por la noche, cambió su comida y no la dejaba descansar.
Dorotea enfermó y dejó de poner huevos.
La familia llamó a una cuidadora de animales.
—No es una máquina —explicó—. Si quieren recibir algo de ella, primero deben cuidar su bienestar.
El granjero sintió vergüenza. Había visto los huevos y había dejado de ver a la gallina.
Prepararon un gallinero tranquilo, le dieron alimento adecuado y dejaron que se recuperara.
Pasaron varias semanas antes de que Dorotea volviera a poner un huevo de oro.
Esta vez la familia no intentó acelerar nada.
Usaron cada regalo con prudencia y continuaron trabajando.
El granjero aprendió que la riqueza no consiste solo en recibir mucho, sino en proteger la fuente de lo que nos sostiene.
Y Dorotea volvió a caminar por la granja sin que nadie la persiguiera con calendarios ni cálculos.
Ponía un huevo cuando correspondía.
El resto del tiempo hacía cosas igualmente importantes para una gallina: escarbar, descansar y perseguir insectos con una dignidad admirable.




