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Emociones

La escalera de los pasos valientes

Nora quiere participar en la función escolar, pero el escenario parece estar a kilómetros de distancia. Una escalera invisible le mostrará cómo llegar.

5 a 8 años7 min de lecturacoraje gradual, perseverancia, pedir ayuda, autoconfianza
Niña subiendo una escalera luminosa formada por pequeños peldaños de colores hacia un escenario escolar, acompañada por su madre.

Relato tradicional

Nora sabía de memoria las cuatro líneas que debía decir en la función de la escuela.

Las repetía mientras se cepillaba los dientes, mientras ordenaba los lápices y hasta mientras ayudaba a preparar ensalada.

Pero cuando imaginaba el escenario lleno de luces y familias, las palabras se escondían detrás de su ombligo.

—No puedo —dijo la tarde del ensayo.

Su mamá se sentó a su lado en las gradas.

—¿No puedes decir tus cuatro líneas o no puedes decirlas hoy delante de todos?

Nora pensó.

—Hoy delante de todos.

—Eso es más preciso —respondió mamá—. Y las cosas precisas se pueden dividir.

Aquella noche, Nora soñó que el escenario estaba en lo alto de una torre. No había escalera para subir.

—Lo sabía —murmuró—. Es imposible.

Entonces apareció un peldaño de luz con una palabra escrita: “mirar”.

Nora puso un pie encima. Desde allí miró el escenario sin subir todavía.

Apareció un segundo peldaño: “respirar”.

Respiró lentamente.

El tercero decía: “practicar con uno”.

En el sueño, su osito de peluche se sentó en una silla. Nora dijo sus líneas solo para él.

Después apareció “practicar con dos”. Su mamá se sentó junto al oso.

La escalera siguió creciendo: “subir sin hablar”, “decir una frase”, “pedir compañía”, “volver a intentarlo”.

Nora despertó antes de llegar arriba, pero recordó cada palabra.

Al día siguiente pidió entrar al teatro vacío. Primero miró el escenario. Luego respiró. Subió sin hablar y tocó las tablas con la punta del zapato.

—Hasta aquí por hoy —dijo.

La maestra asintió.

Al día siguiente dijo su primera línea frente a una fila de sillas vacías. Después practicó con su mamá. Luego con dos compañeros.

Hubo días buenos y días en que la voz volvió a esconderse. Nora aprendió que bajar un peldaño no borraba los que ya había subido.

La noche de la función, detrás de la cortina, sintió que las rodillas se le llenaban de gelatina.

—Creo que la escalera desapareció —susurró.

Mamá le tomó la mano.

—Mira abajo.

Nora recordó todos sus pasos: mirar, respirar, practicar, pedir compañía. No eran visibles, pero estaban allí.

Salió al escenario.

La primera frase llegó temblando. La segunda salió más clara. En la tercera, uno de los adornos de cartón se desprendió y quedó colgando detrás del director. Nora estuvo a punto de reírse. El público también.

La cuarta frase salió con una sonrisa.

Al terminar, no sintió que el miedo hubiera desaparecido. Seguía en su pecho, pero ahora era más pequeño que ella.

—¿Fuiste valiente? —preguntó su hermano.

—Sí —respondió Nora—. Pero no de una sola vez. Fui valiente muchas veces, en pedacitos.

Esa noche soñó nuevamente con la torre. La escalera luminosa seguía allí.

Nora comprendió que no estaba hecha para llevarla únicamente a un escenario.

Aparecería siempre que algo pareciera demasiado grande, recordándole que nadie tiene que subir toda una escalera de un salto.

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