Fábula tradicional difundida por Esopo y La Fontaine
Durante todo el verano, la hormiga Amalia trabajó desde temprano. Guardaba semillas, reparaba su despensa y revisaba que el techo no tuviera grietas.
La cigarra Celeste pasaba cerca cantando.
—¡Ven a bailar! —la invitaba.
—Después —respondía Amalia—. El invierno llegará.
Celeste miraba el cielo azul y se reía.
—El invierno parece muy lejos.
Cantó en las fiestas, acompañó a los grillos y alegró las tardes de quienes trabajaban. Pero no guardó comida ni preparó un refugio.
Cuando llegó el frío, el bosque cambió. Las hojas desaparecieron y la tierra quedó dura.
Celeste buscó frutos, pero no encontró. Cansada y temblando, llamó a la puerta de Amalia.
La hormiga vio que su amiga necesitaba ayuda. La hizo pasar y le sirvió sopa caliente.
—Debí prepararme —admitió Celeste—. Pensé que el verano duraría para siempre.
Amalia no quiso humillarla. Sabía que una noche fría no era el momento para dar discursos.
—Puedes quedarte —dijo—. Mañana organizaremos lo que hay.
Al día siguiente contaron las semillas. Alcanzarían si cuidaban las porciones. Celeste ayudó a ordenar la despensa, tapó una corriente de aire y aprendió a planificar.
Pero también notó que Amalia trabajaba incluso cuando todo estaba listo.
—La comida está guardada, el techo reparado y la sopa hecha —dijo—. Ahora necesito pagarte con algo que también sé hacer.
Sacó su instrumento y tocó una melodía. Amalia intentó seguir el ritmo con dos cucharas y terminó riendo.
Durante el invierno, Celeste trabajó cada mañana y cantó cada tarde. Amalia descubrió que descansar no era desperdiciar el tiempo.
Al llegar la primavera, hicieron un plan juntas: trabajarían para prepararse y reservarían momentos para disfrutar.
La cigarra aprendió que el futuro merece cuidado.
La hormiga comprendió que la vida no consiste únicamente en llenar una despensa.
Y el bosque agradeció tener alimento para el cuerpo y canciones para el corazón.




