Relato tradicional
Renata era la persona más veloz de la calle del Naranjo.
Ganaba carreras en bicicleta, en patinete y corriendo con una cuchara en la boca. Una vez llegó primera incluso en una competencia en la que había olvidado participar.
—Nací con ruedas invisibles —decía.
Cada verano el barrio organizaba la Gran Vuelta a la Plaza. Renata había ganado tres años seguidos y guardaba sus cintas rojas sobre la cama.
Aquella vez el recorrido era más difícil: rodear la fuente, pasar bajo el arco de globos y cruzar una pequeña rampa.
Antes de empezar, Renata vio a Darío, un niño más pequeño, ajustando su casco.
—Es mi primera carrera —dijo él.
—Solo mira al frente y no te detengas —aconsejó Renata.
Sonó el silbato.
Renata salió como una flecha. Pasó la fuente, adelantó a dos participantes y llegó a la rampa con mucha ventaja.
Detrás de ella se oyó un golpe.
Darío había frenado mal. No estaba herido, pero su patinete había quedado atravesado y él lloraba de susto.
Renata miró la meta. Le faltaban pocos metros. Si seguía, ganaría otra vez.
También miró a los adultos, que venían acercándose desde el otro lado de las vallas. Llegarían pronto.
—No es mi problema —pensó durante medio segundo.
Pero recordó su primera carrera, cuando se cayó y una vecina se quedó a su lado hasta que dejó de temblar.
Renata giró el patinete y regresó.
—Estoy aquí —le dijo a Darío—. No muevas el pie todavía.
Una voluntaria llegó, revisó que estuviera bien y apartó el patinete. Para entonces, varios corredores habían cruzado la meta.
Renata terminó sexta.
Al principio sintió una piedra dura en el estómago. Aplaudió a la ganadora, pero le costó sonreír. Había entrenado mucho y quería aquella cinta.
Su papá no dijo que “lo importante era participar”. Sabía que para Renata también importaba ganar.
—Debe doler perder después de prepararte tanto —dijo.
—Podía haber seguido —respondió ella—. Los adultos ya venían.
—Sí. Podías.
—¿Entonces me equivoqué?
Papá señaló a Darío. El niño se acercaba con una rodilla raspada y una cinta azul en la mano.
—Esta era por terminar mi primera carrera —explicó—. Quiero que la tengas tú, porque regresaste.
Renata no aceptó enseguida.
—La ganaste tú.
—Podemos compartirla —propuso Darío.
La cortaron en dos y cada uno ató una parte a su casco.
Renata siguió compitiendo durante muchos años. Ganó algunas veces y perdió otras. Aprendió a felicitar sin fingir que no estaba decepcionada y a volver a entrenar sin despreciarse.
Sobre su cama, junto a las tres cintas rojas, colocó la mitad azul.
No era el premio por haber sido la más rápida.
Era el recuerdo del día en que tuvo una razón importante para llegar después.




