Relato tradicional
La primera noche en la casa nueva, Noa dejó seis cajas sin abrir y se sentó sobre la séptima.
—Aquí todo suena diferente —dijo.
Extrañaba el chirrido de la puerta antigua, el árbol frente a su ventana y a la vecina que siempre le regalaba mandarinas.
Mamá estaba cansada de la mudanza, pero se sentó en el suelo junto a ella.
—No tienes que enamorarte de esta casa hoy mismo —le dijo—. Los hogares también necesitan tiempo para conocernos.
Cuando llegó la hora de dormir, Noa oyó una voz grave:
—Buenas noches, familia nueva.
Venía de la casa de enfrente. Sus ventanas amarillas parecían ojos amables.
Luego habló la casa azul:
—Que descansen las piernas que cargaron tantas cajas.
La casa pequeña de la esquina añadió:
—Y que mañana encuentren primero la caja de los platos. Hoy cenaron en tapas de ollas.
Noa se echó a reír.
Salió al balcón. Una por una, las casas de la calle comenzaron a dar las buenas noches. No hablaban siempre con palabras. Una hacía sonar sus campanillas. Otra dejaba escapar olor a pan. Desde una ventana, un violinista tocó tres notas suaves.
—¿Por qué hacen eso? —preguntó Noa.
—Porque esta calle cuida el sueño de quienes viven en ella —respondió una voz. Era don Celso, el vecino del primer piso, regando una planta—. Cada casa ofrece lo que sabe hacer.
Noa quiso saber qué podía ofrecer la suya. Revisó las cajas hasta encontrar una guirnalda de estrellas de papel que había hecho con su papá años atrás. Mamá la ayudó a colgarla en la ventana.
La casa nueva pareció enderezarse orgullosa.
—Buenas noches —dijo Noa a la calle—. Nuestra casa puede prestar estrellas a quien tenga una noche oscura.
Desde el edificio de al lado, un niño pequeño que tenía miedo a las tormentas vio las estrellas de papel iluminadas y dejó de llorar.
Durante las semanas siguientes, la familia fue conociendo el barrio. La señora del balcón rojo les llevó sopa cuando mamá enfermó. Don Celso les enseñó dónde comprar frutas dulces. Noa conoció a Vera, que sabía silbar como un mirlo, y a Martín, que construía ciudades con cajas vacías.
Una tarde llegó otra familia nueva. Su hijo miraba la calle con la misma tristeza que Noa había sentido.
Esa noche, Noa abrió la ventana antes que nadie.
—Buenas noches, familia nueva —dijo—. No tienen que sentirse en casa hoy. Nosotros les ayudaremos poco a poco.
Las demás casas encendieron sus luces. Sonaron campanillas, apareció olor a pan y el violinista tocó tres notas.
Noa se acostó sonriendo. La puerta aún no chirriaba como la antigua y el árbol de la ventana era mucho más pequeño. Pero ya sabía dónde estaban los platos, tenía amigos en la acera y una calle entera cuidando sus sueños.
Antes de dormir, la casa nueva crujió suavemente.
Noa apoyó la mano en la pared.
—Buenas noches —susurró.
Y esta vez la casa le respondió con la voz más cálida de todas:
—Buenas noches, hogar.




