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Emociones

La caja de los zapatos ajenos

En la zapatería de la señora Ofelia, un par de zapatos permite sentir por unos minutos el camino recorrido por otra persona.

6 a 9 años8 min de lecturaempatía, respeto, justicia, responsabilidad
Niño dentro de una zapatería mágica probándose zapatos que muestran escenas luminosas de la vida de sus compañeros.

Relato tradicional

En el salón de Gael había un niño llamado Bruno que llegaba tarde casi todos los días.

También olvidaba materiales y llevaba unos zapatos gastados que hacían “flap, flap” al caminar.

—Nunca se prepara —decía Gael.

Un lunes, Bruno tropezó y sus cuadernos cayeron al suelo. Gael se rio antes de pensar. Bruno recogió todo sin mirarlo.

Aquella tarde, mamá llevó a Gael a la zapatería de la señora Ofelia.

Mientras esperaban, encontró una caja sin precio. En la tapa decía:

“Zapatos ajenos. Usar solo durante tres minutos”.

Gael se probó unos zapatos gastados.

La tienda desapareció.

Se encontró caminando de madrugada por una calle larga. Llevaba una mochila pesada y sostenía la mano de una niña pequeña. Después subía a dos autobuses, dejaba a la niña con una vecina y corría hacia la escuela.

Sintió cansancio, prisa y vergüenza cuando todos lo miraban entrar tarde.

Los zapatos se soltaron. Gael volvió a la tienda.

—Eran los de Bruno —susurró.

—No necesariamente —respondió Ofelia—. La caja no muestra nombres. Muestra posibilidades que solemos olvidar.

Gael probó otro par. Sintió lo difícil que era concentrarse después de una noche sin dormir. Con otro, experimentó el esfuerzo de pronunciar palabras en un idioma nuevo. Un par brillante le mostró que incluso alguien sonriente podía sentirse solo.

—Entonces nunca podemos saber nada de nadie —dijo Gael.

—Podemos saber lo que nos cuentan, lo que observamos con cuidado y lo que preguntamos con respeto —respondió Ofelia—. La empatía no es adivinar. Es recordar que puede haber más historia.

Al día siguiente, Bruno volvió a llegar tarde.

La maestra explicó que las normas seguían siendo importantes y habló con él para buscar soluciones. Comprender su situación no significaba fingir que la puntualidad no importaba.

Durante el recreo, Gael se acercó.

—Ayer me reí cuando te caíste. Estuvo mal.

Bruno se encogió de hombros.

—Ya pasó.

—Igual quiero ayudarte a reparar la tapa del cuaderno.

Se sentaron juntos. Gael no preguntó de inmediato por su familia ni por sus zapatos. Primero compartió cinta adhesiva. Días después, Bruno contó que acompañaba a su hermana pequeña porque su mamá empezaba a trabajar muy temprano.

La escuela organizó apoyo para que no tuviera que hacerlo solo todos los días. Bruno siguió teniendo responsabilidades, pero ya no cargaba con todas.

Gael nunca volvió a ver la caja en la zapatería.

La señora Ofelia dijo que aparecía cuando alguien estaba demasiado seguro de conocer la historia completa.

Aun sin zapatos mágicos, Gael empezó a hacer una pausa antes de juzgar.

No siempre conseguía entender a los demás. A veces seguía molestándose o poniendo límites.

Pero aprendió a añadir una pregunta silenciosa:

“¿Qué camino habrá recorrido esta persona antes de llegar hasta aquí?”

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