Relato tradicional
En el parque de la Estación había una banca verde que casi nadie elegía.
Estaba lejos de los columpios y tenía una pata un poco corta. Cada vez que alguien se sentaba, hacía “toc”.
A Noé le gustaba porque allí nadie le preguntaba por qué no jugaba al fútbol.
Aina también la elegía porque podía dibujar sin que otros miraran por encima de su hombro.
Durante varios días se sentaron en extremos opuestos sin hablar.
Un lunes, apareció una frase grabada en la madera:
“¿Cuál es el mejor olor del mundo?”
Noé la leyó en voz alta sin darse cuenta.
—Pan tostado —respondió Aina.
Noé la miró.
—Tierra mojada.
La banca hizo “toc”, como si aprobara.
Al día siguiente apareció otra pregunta:
“¿Qué animal sería terrible como maestro?”
—Un gallo —dijo Noé—. Gritaría desde muy temprano.
—Un pulpo —contestó Aina—. Pondría ocho tareas a la vez.
Ambos rieron.
Las preguntas continuaron. Algunas eran tontas y otras difíciles.
“¿Qué te gustaría aprender?”
“¿Qué haces cuando un grupo te da vergüenza?”
“¿Qué cosa pequeña te hace sentir acompañado?”
Noé confesó que quería jugar con otros, pero nunca sabía cuándo entrar. Aina explicó que a veces parecía seria porque necesitaba observar antes de hablar.
Una tarde, la banca no mostró ninguna pregunta.
Los dos esperaron.
—Tal vez se rompió —dijo Noé.
Aina pasó la mano por la madera.
—O tal vez ahora nos toca preguntar.
Noé pensó mucho.
—¿Quieres ver una colección de boletos de tren antiguos?
—Sí. ¿Quieres ver mi cuaderno de criaturas imposibles?
Intercambiaron tesoros.
Con el tiempo, empezaron a caminar juntos por el parque. No se volvieron inseparables de inmediato. Hubo silencios, días en que uno no quería hablar y una discusión porque Noé dobló sin querer una página del cuaderno.
La amistad no era una puerta que se abría para siempre. Era algo que ambos debían cuidar.
Un mes después vieron a otro niño sentado solo en la banca. Miraba sus zapatos y parecía esperar que nadie se acercara.
Noé y Aina no invadieron su espacio. Se sentaron cerca y dejaron unos minutos de silencio.
Luego Aina preguntó:
—¿Cuál sería el peor animal para dirigir una escuela?
El niño levantó la cabeza.
—Una cabra. Se comería los cuadernos.
La banca hizo “toc”.
Ya no necesitaba escribir las preguntas.
Había enseñado a sus visitantes a empezar.




