Alma decía que podía ver hilos que nadie más veía. No eran hilos de coser: salían del corazón de las personas y cambiaban de color. Se volvían amarillos con la alegría, grises con la tristeza y rojos cuando alguien necesitaba ser escuchado.
Un lunes llegó a clase un niño llamado Tomás. Se sentó solo y apretó su mochila contra el pecho. Los demás pensaron que era antipático porque no respondía. Alma vio, en cambio, un hilo gris que temblaba como bajo la lluvia.
No le hizo preguntas difíciles. Se sentó cerca y dibujó un barco de papel. «Puedes ponerle nombre si quieres», le dijo. Tomás escribió el nombre de su antigua ciudad y contó que acababa de mudarse, que extrañaba a su perro y que aún no sabía dónde sentarse en el recreo.
Mientras hablaba, el hilo se aclaró. Alma tampoco intentó arreglarlo todo: escuchó, compartió su merienda y le mostró el patio. A veces la tristeza no desaparece cuando alguien llega, pero deja de sentirse tan solitaria.
Con los días, Tomás empezó a sonreír. Alma comprendió que todos llevamos hilos invisibles y que la empatía consiste en mirar con cuidado antes de decidir qué historia vive la otra persona.




