Fábula tradicional atribuida a Esopo
El viento del norte presumía de ser el más poderoso.
—Puedo doblar árboles y mover nubes.
El sol respondió:
—La fuerza no siempre demuestra quién puede lograr más.
Vieron a un viajero con un abrigo.
—Ganará quien consiga que se lo quite —propuso el viento.
Sopló con fuerza.
El viajero cerró el abrigo.
El viento sopló más. Levantó polvo y hojas.
El viajero apretó el cinturón y se cubrió la cabeza.
Cuanto más empujaba el viento, más se aferraba el hombre a su ropa.
Agotado, el viento se detuvo.
El sol apareció entre las nubes. No lanzó fuego ni obligó al viajero. Simplemente calentó el camino poco a poco.
El hombre relajó los hombros.
Después abrió el abrigo.
Finalmente se lo quitó y se sentó bajo un árbol.
—Ganaste —admitió el viento.
El sol no se burló.
—Tu fuerza es útil para mover molinos y llevar lluvia. Pero no todas las situaciones necesitan empuje.
El viento comenzó a observar. Descubrió que una brisa suave podía refrescar a los caminantes y ayudar a volar las semillas sin arrancar las ramas.
No dejó de ser poderoso.
Aprendió a elegir cómo usar su fuerza.
Desde entonces, antes de soplar con toda su energía, se preguntaba:
—¿Esta situación necesita presión o necesita espacio?
Y muchas veces descubría que una brisa amable podía llegar más lejos que una tormenta.




