Relato tradicional
Bastián podía reconocer la llegada de su mamá incluso con los ojos cerrados. Primero sonaban sus llaves. Después, sus pasos cansados. Y por último llegaba el aroma a canela de la panadería donde trabajaba por las noches.
Pero aquel jueves una tormenta cerró el puente y mamá llamó para decir que tendría que quedarse en el trabajo hasta la mañana.
—Te dejé una nota bajo la almohada —le dijo por teléfono—. Y un beso donde siempre.
Bastián encontró la nota y el beso en la frente, pero el cuarto le pareció demasiado grande. Se acostó, contó ovejas y hasta intentó contar empanadas. Nada funcionó.
A medianoche oyó un silbato.
—¡Fiiiiiuuu!
Por la ventana pasó un tren negro y dorado, flotando sobre los tejados. De su chimenea salía humo con olor a canela.
Una revisora diminuta llamó al vidrio.
—Tren de los Sueños. Última salida. ¿Viajas o sigues contando empanadas?
Bastián subió con su conejo de tela. En cada vagón había sueños diferentes: uno tenía mares de chocolate; otro, dinosaurios que bailaban cumbia; otro estaba lleno de abuelos contando historias bajo una parra.
—Busco un sueño donde esté mi mamá —dijo Bastián.
La revisora consultó una libreta.
—Ese vagón está vacío esta noche. Alguien tomó todos los sueños de reencuentro.
Siguieron el rastro hasta el último vagón. Allí encontraron a una pequeña criatura hecha de humo, rodeada de cientos de frascos luminosos.
—No quería robarlos —sollozó—. Nunca sueño con nadie que me espere.
Bastián sintió primero enojo. Después miró sus ojos solitarios y recordó lo que su mamá decía cuando él cometía un error: “Antes de decidir qué hacer, intenta comprender qué dolía”.
Se sentó junto a la criatura.
—Puedes quedarte con uno —le dijo—, pero los demás niños también los necesitan.
—¿Y tú?
Bastián pensó en las llaves, los pasos y el aroma a canela.
—Yo ya tengo recuerdos. Podemos construir un sueño con ellos.
Entre ambos mezclaron un sonido de llaves, dos cucharadas de risa, un abrazo de domingo y una nube de canela. El sueño brilló tanto que llenó el vagón entero.
La criatura repartió los frascos que había tomado. Antes de bajar, Bastián le dejó uno nuevo: dentro había una mesa con tres sillas, chocolate caliente y una familia diciendo “te estábamos esperando”.
—Para que esta noche alguien te espere a ti —dijo.
El tren lo devolvió a su ventana. Bastián se acostó y apoyó la nota de mamá sobre el pecho.
Soñó que ella llegaba en un tren dorado. No traía regalos, solo sus manos tibias y aquella sonrisa que siempre parecía encender la cocina.
A la mañana siguiente, las llaves sonaron en la puerta.
Mamá entró cansada y encontró a Bastián dormido, abrazado a su conejo. Sobre la mesa había dos tazas y una nota escrita con letras torcidas:
“Te guardé desayuno. También guardé un sueño para ti”.
Mamá sonrió, se acostó un momento a su lado y el cuarto volvió a oler a canela.




