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Valores

El tren de las promesas cumplidas

Cada promesa cumplida hace avanzar un tren diminuto; cuando Nico olvida la suya, deberá recuperar la confianza con acciones.

4 a 8 años6 min de lecturaResponsabilidad y confianza
Niño cuidando una pequeña planta mientras un tren mágico de juguete avanza por rieles luminosos alrededor de su habitación.

Relato tradicional

En la casa de Nico había un tren diminuto que recorría una vía alrededor del comedor.

No usaba carbón ni electricidad.

Funcionaba con promesas cumplidas.

Cada vez que alguien hacía lo que había dicho, la locomotora soltaba una nubecita con forma de estrella y avanzaba una vuelta.

—Prometo lavar los platos después de cenar —decía papá.

Cuando terminaba, el tren hacía: ¡chu-cu-chú!

—Prometo llamar a la tía el domingo —decía mamá.

El domingo, después de la llamada, otra vuelta.

Nico adoraba verlo correr. Por eso, cuando su vecina Amalia le pidió que cuidara su planta durante tres días, levantó la mano muy alto.

—¡Yo prometo regarla!

El primer día lo hizo. El tren avanzó feliz.

El segundo día, Nico empezó a construir una fortaleza de cojines. Después llegó su amigo y organizaron una expedición para capturar un calcetín salvaje. La planta quedó olvidada junto a la ventana.

El tren intentó arrancar, pero soltó un sonido triste:

—Chuf.

El tercer día, Nico recordó la planta justo cuando Amalia tocó la puerta.

Las hojas estaban caídas.

—La regué… casi siempre —dijo Nico.

El tren no se movió.

Amalia miró la planta y después a Nico.

—Confié en ti.

Eso dolió más que un regaño.

Nico quiso explicar lo ocupado que había estado, pero comprendió que ninguna fortaleza de cojines podía regar una planta.

—No cumplí —admitió—. Lo siento. ¿Puedo ayudar a recuperarla?

Amalia le mostró cómo retirar las hojas secas y comprobar la humedad de la tierra. Nico puso una alarma con sonido de gallina para no olvidarse. Durante una semana visitó la planta cada tarde.

Al principio, el tren siguió quieto.

—Ya pedí perdón —protestó Nico.

Su madre se sentó junto a él.

—Pedir perdón abre la puerta. Recuperar la confianza requiere caminar un poco más.

Nico continuó cuidando la planta. Un día apareció un brote nuevo.

En ese instante, desde el comedor se oyó:

—¡Chu-cu-chú!

El tren dio una vuelta completa, después otra y otra. Llevaba un vagón nuevo con una pequeña hoja pintada.

Amalia sonrió.

—Ahora sé que puedo volver a confiar en ti.

Nico aprendió que una promesa no era una frase bonita para hacer andar un tren.

Era algo que otra persona podía estar esperando.

Desde entonces, antes de prometer, pensaba si realmente podría cumplir.

Y cuando decía “lo haré”, la pequeña locomotora comenzaba a calentar sus ruedas.

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