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El relojero que devolvía minutos prestados

Un relojero guarda los minutos que las personas hacen perder a otros y ayuda a un niño a comprender que el tiempo también merece cuidado.

6 a 9 años6 min de lecturaRespeto por el tiempo y responsabilidad
Niño y relojero rodeados de relojes mágicos que liberan pequeños minutos luminosos dentro de un taller.

Relato tradicional

El señor Baltasar reparaba relojes y recogía minutos perdidos.

No los minutos bien usados, sino aquellos que alguien hacía perder a otra persona por descuido.

Cuando alguien llegaba muy tarde sin avisar, un minuto luminoso escapaba de la espera y volaba hasta el taller de Baltasar.

Cuando una persona prometía “voy enseguida” y aparecía una hora después, llegaba una bandada completa.

Teo era experto en producir minutos perdidos.

Su madre lo esperaba en la puerta mientras él buscaba un juguete distinto cada mañana. Su amiga Lara esperaba en el parque porque Teo comenzaba a vestirse a la hora acordada. Incluso su perro esperaba largos ratos frente a la correa.

Un día, Baltasar llamó a su puerta con un saco que se movía.

—Estos son tuyos.

Al abrirlo, cientos de minutos luminosos salieron volando por la sala.

—No son míos —dijo Teo.

—Exacto. Pertenecen a quienes te esperaron.

Baltasar explicó que no podía devolver el tiempo literalmente, pero sí podía reparar parte del daño.

Teo acompañó a su madre a hacer una tarea que había pospuesto por esperarlo. Ayudó a Lara con su maqueta y se presentó diez minutos antes. Preparó la mochila por la noche y dejó los zapatos junto a la puerta.

Cada acción liberaba algunos minutos del saco.

—¿Tengo que llegar temprano siempre? —preguntó.

—No siempre podrás —respondió Baltasar—. Respetar el tiempo también significa avisar, disculparte y no actuar como si la espera de otro no importara.

Una tarde, el autobús de Teo se retrasó. En lugar de esconderse detrás de una excusa, pidió un teléfono y avisó a Lara.

—Llegaré tarde. Puedes empezar sin mí.

Cuando finalmente llegó, ella no estaba enojada.

El último minuto luminoso salió del saco y regresó al reloj de la plaza.

Teo no se volvió perfecto. A veces todavía buscaba un calcetín perdido cuando debía salir.

Pero aprendió a prepararse, avisar y cumplir los horarios posibles.

En el taller, Baltasar notó que llegaban menos minutos con el nombre de Teo.

Los que aparecían no permanecían mucho tiempo.

El niño venía a recogerlos con un plan para reparar.

Porque había comprendido que el tiempo de otras personas era invisible, pero no por eso valía menos.

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