Fábula tradicional atribuida a Esopo
Ramiro, el ratón de ciudad, visitó a su primo Celso en el campo.
Celso le ofreció maíz, nueces y una mora madura.
—¿Eso es todo? —preguntó Ramiro—. En la ciudad comemos queso cremoso, pasteles y frutas confitadas.
Invitó a Celso a conocer su casa.
Esa noche entraron en una gran mansión. Sobre la mesa había restos de una cena magnífica.
Celso probó un pedazo de pastel.
—Esto sí es delicioso.
De pronto, se abrió una puerta.
Los ratones corrieron a esconderse mientras dos perros cruzaban la sala. Más tarde, cuando regresaron a la mesa, apareció un gato.
Celso casi dejó la cola debajo de una pata.
—¿Siempre comes así? —preguntó, jadeando.
—Hay días tranquilos —respondió Ramiro—. Y otros… emocionantes.
Celso intentó disfrutar, pero cada sonido le hacía saltar.
Al amanecer decidió regresar.
—Prefiero mis nueces sin perros ni gatos.
Ramiro se rio, pero semanas después visitó de nuevo el campo. Esta vez prestó atención al silencio, al olor de la tierra y a la forma en que Celso comía sin mirar continuamente hacia la puerta.
—Aquí la comida es sencilla —dijo—, pero descansas mejor.
—Y en la ciudad tienes cosas que disfrutas —respondió Celso—. No tienes que vivir como yo.
Los primos dejaron de competir sobre quién llevaba la mejor vida.
Ramiro visitaba el campo cuando necesitaba calma. Celso iba a la ciudad algunas tardes, pero regresaba antes de que salieran los gatos.
Comprendieron que lo valioso para uno podía resultar agotador para otro.
La comodidad no era solo tener más comida o muebles brillantes.
También era poder respirar tranquilo en el lugar que uno llamaba hogar.




