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Para dormir

El pijama amarillo que espantaba cosquillas

Nico tiene tantas cosquillas de nervios que no puede quedarse quieto. Su pijama amarillo organizará una disparatada misión nocturna.

3 a 5 años6 min de lecturahumor, autorregulación, confianza, imaginación
Niño con pijama amarillo brillante jugando con pequeñas criaturas de cosquillas de colores en una habitación estrellada.

Relato tradicional

Nico tenía un pijama amarillo con un sol en la barriga. Solo lo usaba en ocasiones importantes: visitas de los primos, noches de tormenta y días en los que sus piernas se negaban a quedarse quietas.

La noche anterior a su primera excursión, las piernas comenzaron a saltar.

—Tengo cosquillas por dentro —dijo.

Papá revisó sus pies. No había plumas. Mamá miró debajo de la cama. No había monstruos, solo una media perdida.

Cuando Nico se puso el pijama amarillo, el sol de la barriga abrió los ojos.

—¡Alerta de cosquillas nerviosas! —gritó.

Del bolsillo salieron cinco criaturas peludas: una violeta, una verde, una rosa, una azul y otra tan pequeña que estornudaba brillantina.

—Somos las Cosquillas Anticipadoras —anunciaron—. Aparecemos cuando alguien imagina todo lo que podría salir mal.

Una le hizo cosquillas pensando que el autobús se perdería. Otra imaginó que Nico olvidaría su merienda. La tercera aseguró que un pato le robaría el sombrero.

—¡Ni siquiera habrá patos! —protestó Nico, riéndose.

El sol del pijama propuso una misión. Primero debían mover todas las cosquillas: saltaron diez veces, sacudieron brazos y piernas y bailaron la Danza del Calcetín Desparejado.

Después debían nombrar los temores.

—Me preocupa no encontrar a mi grupo —dijo Nico.

Papá explicó que llevaría una tarjeta con el teléfono de la familia y que la profesora pasaría lista.

—Me preocupa extrañar a mamá.

Mamá le dio un pequeño pañuelo amarillo.

—Puedes llevarlo en el bolsillo. Extrañar no significa que no puedas disfrutar.

—¿Y el pato?

—Si aparece, negociaremos el sombrero —dijo papá muy serio.

Las criaturas comenzaron a hacerse pequeñas. Solo quedó la azul, que todavía daba vueltas alrededor de su barriga.

—Falta respirar —dijo el pijama.

Nico puso una mano sobre el sol. Inhaló contando tres y exhaló contando cuatro. Lo hizo varias veces. La cosquilla azul se convirtió en una bolita y volvió al bolsillo.

—No las espantaste —observó Nico.

—No hacía falta —respondió el sol—. Las cosquillas solo querían que escucharas tus nervios.

Nico se acostó. Sus piernas dieron un último saltito bajo la manta y se quedaron quietas.

La excursión del día siguiente fue estupenda. No perdió al grupo, comió toda su merienda y vio tres patos. Uno miró su sombrero con interés, pero decidió respetarlo.

Esa noche, Nico guardó el pijama amarillo con cuidado.

—¿Volverán las cosquillas? —preguntó.

—Seguro —dijo mamá—. Las emociones suelen volver. Pero ahora ya sabes qué necesitan.

Nico sonrió. Moverse, hablar, respirar y, si aparecía un pato sospechoso, sujetar bien el sombrero.

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