Fábula tradicional atribuida a Esopo
Roco recibió un hueso grande del carnicero.
Caminaba feliz hacia su casa pensando dónde esconderlo para disfrutarlo más tarde.
Al cruzar un puente, miró el agua.
Allí vio a otro perro.
El perro del río llevaba un hueso que parecía todavía más grande.
Roco se detuvo.
—Ese hueso debería ser mío —pensó.
Gruñó para asustar al supuesto rival.
El perro del agua también gruñó.
Roco abrió la boca para ladrar.
Su hueso cayó al río.
El reflejo desapareció y la corriente se llevó el hueso verdadero.
Roco se quedó mirando el agua, con el hocico vacío.
Una rana asomó la cabeza.
—¿Por qué soltaste tu comida?
—Quería el hueso del otro perro.
La rana miró alrededor.
—¿Qué otro perro?
Roco observó su reflejo sin hueso y comprendió.
Regresó avergonzado. El carnicero le dio un trozo pequeño de pan.
—No es tan grande como el hueso —dijo Roco.
—Pero es lo que tienes ahora.
El perro lo llevó a casa, se sentó y lo comió despacio. Era sencillo, pero estaba rico.
Al día siguiente pasó de nuevo por el puente. Vio su reflejo y sonrió.
—Ese perro tiene exactamente lo mismo que yo.
Desde entonces, Roco siguió deseando cosas. Era normal. Pero antes de lanzarse por algo que parecía mejor, se preguntaba:
—¿Es real? ¿Lo necesito? ¿Qué podría perder?
Así aprendió que agradecer no significa no querer mejorar.
Significa no despreciar lo bueno que ya está entre nuestras patas por perseguir una imagen que tal vez solo existe en el agua.




