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Fábulas

El pastorcito mentiroso

Un joven pastor inventa peligros para divertirse, hasta que descubre que la confianza tarda en construirse y puede perderse rápidamente.

5 a 8 años5 min de lecturaHonestidad y confianza
Pastorcito pidiendo ayuda mientras un lobo se acerca al rebaño y los aldeanos dudan a lo lejos.

Fábula tradicional atribuida a Esopo

Darío cuidaba las ovejas en una colina. Al principio le gustaba, pero después de muchas horas comenzó a aburrirse.

Una tarde gritó:

—¡Lobo! ¡Lobo!

Los aldeanos subieron corriendo con palos y campanas.

No había ningún lobo.

Darío se rio.

—¡Debieron ver sus caras!

Los adultos regresaron molestos.

Al día siguiente volvió a hacerlo.

—¡Lobo!

Otra vez todos corrieron. Otra vez era mentira.

—No es divertido hacer que otros sientan miedo —le dijo la panadera.

Darío se encogió de hombros.

Días después, un lobo verdadero apareció al borde del bosque. No atacó de inmediato, pero observaba a las ovejas.

Darío gritó:

—¡Lobo! ¡Esta vez es verdad!

En el pueblo, algunos escucharon.

—Debe ser otra broma —dijeron.

La pastora mayor, que conocía los sonidos del rebaño, oyó a las ovejas balar con miedo. Decidió subir y convenció a otros para acompañarla.

Entre todos hicieron sonar campanas y el lobo regresó al bosque.

Las ovejas quedaron a salvo.

Darío tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Pensé que nadie vendría.

—Casi nadie vino —respondió la pastora—. La confianza es como una cuerda. Cada mentira corta algunas fibras.

Darío pidió disculpas. Pero comprendió que decir “lo siento” no arreglaría todo de inmediato.

Durante las semanas siguientes cumplió sus tareas, avisó solo cuando era necesario y dejó de inventar peligros. Cuando encontraba algo extraño, explicaba exactamente lo que veía.

Poco a poco, los aldeanos volvieron a creerle.

Darío también aprendió a entretenerse sin engañar: tallaba figuras de madera, enseñó a una oveja a seguir una cinta y escribía historias que comenzaban diciendo claramente: “Esto es inventado”.

Descubrió que imaginar era maravilloso.

Mentir para manipular a los demás era otra cosa.

Y desde entonces, cuando gritaba desde la colina, el pueblo sabía que sus palabras merecían atención porque él había aprendido a cuidarlas.

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