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Emociones

El paraguas que recogía lágrimas

En la tienda de doña Salma hay un paraguas que no protege de la lluvia: recoge las lágrimas que necesitan caer.

4 a 8 años7 min de lecturavalidación emocional, consuelo, esperanza, comunidad
Niño bajo un paraguas transparente lleno de pequeñas gotas luminosas junto a una mujer mayor en una calle colorida después de la lluvia.

Relato tradicional

En la esquina de la plaza había una tienda de paraguas atendida por doña Salma.

Vendía paraguas para lluvias fuertes, para lloviznas y para días de sol. Pero en el estante más alto guardaba uno transparente que nunca ofrecía a cualquiera.

Se llamaba Aguaclara.

Tomás lo descubrió la semana en que su mejor amiga se mudó a otra ciudad.

Todos intentaban animarlo.

—Conocerás nuevos amigos.

—Podrán hablar por videollamada.

—Mira, te compré un helado.

Tomás sabía que aquellas cosas eran ciertas y amables. Aun así, tenía un nudo detrás de las costillas. Le molestaba que el mundo siguiera funcionando como si nadie faltara.

Una tarde empezó a llover. Tomás entró en la tienda de doña Salma y pidió el paraguas más grande.

—¿Para no mojarte? —preguntó ella.

—Para que nadie vea si lloro.

Doña Salma subió a una escalera y bajó Aguaclara.

—Este no esconde las lágrimas —advirtió—. Las recoge.

Tomás abrió el paraguas. Una primera lágrima cayó sobre su mejilla y, en lugar de llegar al suelo, flotó hasta el interior de la tela. Allí quedó brillando como una gota de cristal.

Después llegó otra. Y otra.

Aguaclara no dijo “ya pasó”, ni “no llores”, ni “sé fuerte”. Solo sostuvo cada lágrima.

Tomás caminó por la plaza recordando el último día de su amiga: la caja de libros, el abrazo rápido porque ambos tenían vergüenza y la promesa de escribirse.

Lloró por las tardes que ya no serían iguales. También por las bromas que nadie más entendía.

Cuando regresó a la tienda, el paraguas estaba lleno de gotas luminosas.

—¿Y ahora qué hacemos con ellas? —preguntó.

Doña Salma lo llevó al patio trasero. Allí había macetas con plantas de todas las formas.

Inclinaron Aguaclara y dejaron que las lágrimas cayeran sobre la tierra.

—Las lágrimas no solucionan una despedida —dijo ella—, pero ayudan a que la tristeza no se quede encerrada.

Durante los días siguientes, Tomás volvió a la tienda. Algunas veces lloraba. Otras solo se sentaba. Poco a poco, las visitas fueron más cortas.

En una de las macetas apareció un brote con dos hojas. Tomás lo cuidó y, cuando creció, descubrió una flor azul del mismo color que la mochila de su amiga.

Le envió una foto.

Ella respondió con una imagen de una maceta vacía.

“¿Me mandas semillas?”, escribió.

Tomás sonrió por primera vez sin que nadie se lo pidiera.

Siguió extrañándola. La tristeza no desapareció de golpe, pero dejó de ocupar todo el espacio.

Doña Salma guardó Aguaclara en el estante alto, listo para otra persona.

Porque hay días en que no necesitamos que alguien cierre el paraguas y nos obligue a mirar el sol.

Necesitamos un lugar seguro donde nuestras lágrimas puedan caer.

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