Relato tradicional
Todas las noches, cuando la casa quedaba en silencio, el perchero de Teo hacía:
—Crrr… ffff… ñic.
Teo se tapaba hasta las cejas.
En el perchero colgaba el enorme abrigo verde de su papá. Durante el día era solo un abrigo con bolsillos profundos. Pero en la oscuridad parecía tener hombros, barriga y una cabeza torcida.
—Allí vive un monstruo —aseguró Teo durante el desayuno.
Papá no se rio.
—Debe ser incómodo vivir detrás de un abrigo —dijo—. ¿Qué crees que quiere?
—Comerse mis pantuflas —respondió Teo—. Son suaves y tienen orejas.
Esa noche, papá dejó una linterna junto a la cama y se sentó en el pasillo.
—No voy a entrar por ti —explicó—, pero tampoco tendrás que investigar solo.
Teo respiró hondo. El perchero volvió a sonar.
—Crrr… ffff… ñic.
Encendió la linterna y avanzó. Cuando estuvo cerca, vio que el abrigo se movía.
—Sé que estás ahí —dijo con una voz mucho más pequeña de lo que había planeado.
Del otro lado llegó un chillido:
—¡No me comas!
Teo dio un salto.
—¡Yo iba a decirte lo mismo!
Apartó el abrigo de golpe.
Detrás había una criatura del tamaño de una almohada, cubierta de pelo color canela. Tenía tres pecas en la nariz y llevaba un calcetín como gorro.
—¿Tú eres el monstruo? —preguntó Teo.
—Prefiero “habitante temporal del perchero” —respondió la criatura—. Me llamo Pizco.
Pizco explicó que había entrado por la ventana durante una ráfaga de viento. Quiso salir, pero todo le daba miedo: el reloj, la aspiradora, los zapatos de papá y, sobre todo, Teo.
—¿Yo? —se sorprendió el niño.
—Tienes una sombra enorme cuando te sientas en la cama —dijo Pizco—. Y esas pantuflas parecen dos conejos guardianes.
Teo miró sus pies. Por primera vez imaginó cómo se veía su habitación desde detrás del abrigo.
—¿Y el “crrr, ffff, ñic”?
—“Crrr” es mi barriga cuando tengo hambre. “Ffff” es mi respiración cuando me asusto. “Ñic” es el perchero, que necesita aceite.
Teo soltó una carcajada. Pizco también. Luego rieron tanto que el abrigo se cayó encima de los dos.
Papá asomó la cabeza.
—¿Todo bien?
—Encontré al monstruo —dijo Teo—. Pero resulta que él también me había encontrado a mí.
Prepararon una cama para Pizco dentro de una caja de zapatos. Le dieron una galleta y aceitaron el perchero.
Antes de dormir, Teo le confesó:
—Pensé que eras enorme y terrible.
—Yo pensé que tú eras un gigante con conejos en los pies —contestó Pizco.
Desde entonces, cuando alguno sentía miedo, no fingía que no pasaba nada. Decía en voz alta qué imaginaba. Casi siempre, al escucharlo, el miedo perdía dientes, garras y varios centímetros de altura.
Y si alguna noche el perchero volvía a decir “ñic”, Teo ya sabía que no era una amenaza.
Era solo un perchero pidiendo un poquito de aceite.




