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Para dormir

El molino de las siete campanitas

Cada campanita del molino acompaña una emoción. Cuando una deja de sonar, Mara descubrirá por qué ningún sentimiento debe quedar excluido.

6 a 8 años8 min de lecturadiversidad emocional, cooperación, escucha, inclusión
Niña sentada frente a un molino mágico rodeado por siete campanas doradas y notas musicales bajo un cielo de atardecer.

Relato tradicional

En lo alto del valle había un molino con siete campanitas.

La dorada sonaba cuando alguien sentía alegría. La azul acompañaba la tristeza. La roja avisaba del enojo. La verde hablaba de calma. La violeta sonaba con el miedo. La naranja, con la curiosidad. Y la plateada, con el cariño.

Los habitantes escuchaban las campanas al anochecer y comprendían cómo había transcurrido el día del pueblo.

Pero el alcalde consideraba que la campana azul arruinaba la melodía.

—Queremos noches felices —dijo—. Guardaremos la tristeza en el sótano.

Al principio, la música pareció más alegre. Sin embargo, comenzaron a suceder cosas extrañas. Los niños que habían perdido una mascota no sabían por qué les dolía el pecho. Una mujer extrañaba a su hermana, pero sonreía todo el tiempo hasta que le dolieron las mejillas. Mara, cuya mejor amiga se había mudado, sentía ganas de llorar y se enfadaba con cualquiera que se acercara.

Además, las otras campanas empezaron a desafinar.

Mara subió al molino y encontró a la campana azul cubierta con una manta.

—No quiero estropear la música —dijo la campanita.

—Tu silencio la está estropeando más —respondió Mara.

Intentó levantarla sola, pero pesaba demasiado. Llamó al panadero, a la maestra, al alcalde y a varios niños. Entre todos la sacaron del sótano.

El alcalde seguía dudando.

—¿Y si suena toda la noche?

—Podemos escucharla sin dejar que sea la única campana —dijo la maestra.

Colocaron la campana azul en su lugar. Mara contó cuánto extrañaba a su amiga. La campana dio un sonido profundo y hermoso. Mara lloró un poco. Después la campana plateada del cariño respondió, porque su madre la abrazó. La naranja de la curiosidad sonó cuando pensaron cómo podrían enviarse cartas. Finalmente, la verde de la calma cerró la melodía.

El pueblo comprendió que las emociones podían tocar juntas.

Desde entonces, nadie escondió una campana. Si la roja del enojo sonaba muy fuerte, preguntaban qué límite había sido cruzado. Si la violeta del miedo temblaba, buscaban seguridad. Si la dorada alegraba el valle, celebraban.

El alcalde pidió disculpas a la campana azul.

—Quise hacer desaparecer la tristeza porque no sabía cómo acompañarla.

—Puedes empezar quedándote cerca —respondió ella.

Cada noche, el molino interpretaba una canción distinta. Algunas eran ligeras; otras tenían notas difíciles. Todas terminaban con las siete campanitas en su sitio.

Mara seguía extrañando a su amiga, pero ya no confundía la tristeza con un defecto. Escribía cartas, aceptaba abrazos y dejaba que la campana azul sonara lo necesario.

Así aprendió el valle que una vida feliz no es una vida sin tristeza, miedo o enojo. Es una vida donde cada emoción puede traer su mensaje, recibir cuidado y luego hacer espacio para las demás.

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