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Para dormir

El farolito que encendía estrellas

Después de cometer un error, Lía ayuda al viejo cuidador del cielo y descubre que reparar también puede encender estrellas.

5 a 8 años7 min de lecturabondad, responsabilidad, valentía, reparación
Niña levantando un farol dorado desde una azotea mientras pequeñas estrellas se encienden sobre la ciudad.

Relato tradicional

Lía había roto la maceta favorita de su abuela mientras jugaba a lanzar una pelota dentro de la casa.

Cuando abuela preguntó qué había ocurrido, Lía respondió demasiado rápido:

—El gato la tumbó.

Pimienta, el gato, la miró desde el sofá con una expresión profundamente ofendida.

Esa noche Lía no pudo dormir. La mentira le pesaba más que la manta. Salió a la azotea y vio a un anciano intentando levantar un farol diminuto.

—¿Necesita ayuda? —preguntó.

—Soy el cuidador de las estrellas —dijo él—. Este farol enciende una cada vez que alguien hace algo valiente y bueno. Pero esta noche parece averiado.

Lía sostuvo el farol. Era pequeño, aunque pesaba como una piedra.

—Tal vez necesita aceite.

—No funciona con aceite. Funciona con verdad.

El anciano le pidió acompañarlo por los tejados. Primero vieron a una niña devolver un juguete que había encontrado en el parque. El farol soltó una chispa y una estrella se encendió.

Después un niño compartió su paraguas con un señor desconocido. Otra estrella apareció.

—¿Solo cuentan las cosas grandes? —preguntó Lía.

—Las estrellas no miden el tamaño del gesto —respondió el cuidador—. Miden cuánto corazón hizo falta.

Llegaron a una casa donde un pequeño había derramado leche. En vez de esconderse, llamó a su padre y ayudó a limpiar. El farol brilló con fuerza.

Lía pensó en la maceta y en Pimienta, injustamente acusado.

—Creo que sé por qué pesa tanto —dijo.

Bajó corriendo. Despertó a su abuela y confesó todo: la pelota, la maceta y la mentira. Esperó un regaño enorme.

Abuela suspiró.

—Me entristece la mentira más que la maceta. Pero me alegra que hayas vuelto para decir la verdad.

Lía recogió los trozos que aún quedaban. A la mañana siguiente usarían uno para hacer un mosaico y plantarían la flor en otra maceta. También llevó a Pimienta una cucharada extra de comida como disculpa.

Desde la ventana, el farolito lanzó una luz dorada que atravesó el techo. En el cielo apareció una estrella nueva, pequeña pero muy brillante.

El cuidador sonrió desde la azotea.

—Esa es tuya.

—No hice nada extraordinario.

—Reconocer un error cuando podrías esconderlo es extraordinario.

Lía volvió a la cama. Abuela se sentó a su lado y le besó la frente.

—Todos rompemos cosas alguna vez —dijo—. Lo importante es no romper también la confianza. Y si ocurre, repararla con paciencia.

Lía cerró los ojos. Ya no sentía una piedra sobre el pecho.

Arriba, el farolito continuó encendiendo estrellas: una por cada verdad difícil, cada disculpa sincera y cada pequeño acto de bondad que alguien elegía hacer cuando nadie estaba mirando.

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