Relato tradicional
El faro de Punta Clara estaba orgulloso de ser la luz más grande de la costa.
—Sin mí, nadie sabría dónde ir —decía.
Cuando las pequeñas boyas encendían sus lámparas, el faro aumentaba su brillo para que casi no se vieran.
Cuando una casa colocaba un farol en la ventana, murmuraba:
—Qué luz tan pequeña.
Una noche llegó una niebla espesa. El faro encendió su lámpara con toda su fuerza, pero la luz rebotó en la bruma y formó una pared blanca.
Los barcos no podían distinguir el puerto.
—¡Brilla más! —gritó el farero.
El faro brilló tanto que se recalentó y se apagó.
La costa quedó oscura.
Entonces las pequeñas luces comenzaron a actuar.
Las boyas marcaron el canal de entrada. Las casas encendieron faroles en las ventanas. Los pescadores levantaron lámparas desde el muelle. Un niño colocó velas dentro de frascos protegidos.
Cada luz era modesta, pero juntas dibujaron el camino.
El último barco entró a salvo.
Cuando repararon el faro, este se sintió avergonzado.
—Pensé que guiar significaba ser el más brillante.
El farero limpió sus cristales.
—Guiar significa ayudar a que otros encuentren el camino. A veces eso requiere brillar. Otras veces, dejar que se vean las demás luces.
Desde entonces, el faro aprendió a coordinarse. Enviaba una señal a las boyas y estas respondían. Avisaba a las casas cuando se acercaba una tormenta. Prestaba parte de su energía para cargar los faroles del puerto.
Seguía siendo la luz más grande.
Pero ya no necesitaba demostrarlo.
Una noche, una pequeña boya nueva tembló al encenderse.
—Mi luz casi no se ve —dijo.
El faro bajó suavemente su haz para no cubrirla.
—Se ve justo donde hace falta.
La boya brilló con confianza.
Y el faro descubrió que ayudar a otra luz a encenderse producía una claridad diferente, una que no calentaba demasiado ni dejaba a nadie en sombra.
Era la luz del buen liderazgo.




