Relato tradicional
A Vega no le gustaba el día de la fotografía escolar.
El flequillo nunca quedaba como quería. Sus pecas parecían más oscuras bajo las luces y su sonrisa se torcía cuando alguien decía “natural”.
—Todos salen mejor que yo —murmuró frente al espejo.
Aquella tarde visitó a su tía Clara, que restauraba muebles antiguos. En el taller había un espejo cubierto con una sábana.
—Todavía no está listo —advirtió la tía.
Vega levantó una esquina.
El espejo no mostró su cara.
Mostró una escena del recreo: Vega sentándose junto a un compañero nuevo.
—¿Qué es eso?
—Un espejo de cosas invisibles —explicó la tía—. A veces se confunde y refleja lo que una persona lleva por dentro.
Vega miró de nuevo. Apareció ella practicando una división difícil, borrando y empezando otra vez. Después se vio devolviendo una cartera que encontró en la plaza.
—Pero eso no cuenta para una fotografía —dijo.
—No. Las fotografías cuentan otras cosas.
Vega se quedó pensando. No quería que le dijeran que la apariencia no importaba en absoluto, porque a ella sí le importaba verse bien. Quería aprender a peinarse y elegir una ropa que le gustara.
—¿Puedo querer cambiar algo de mi aspecto y aun así quererme? —preguntó.
—Claro —respondió la tía—. Cuidarte no es lo mismo que creer que solo vales cuando te ves de cierta manera.
El espejo mostró otra escena: Vega pidiendo disculpas después de responder mal a su mamá.
—Esa no me gusta.
—También es invisible —dijo la tía—. No solo muestra virtudes. Muestra lo que estás aprendiendo.
Durante los días siguientes, Vega practicó una sonrisa que se sintiera suya, eligió una diadema azul y pidió ayuda para acomodar el flequillo.
La mañana de la foto todavía estaba nerviosa.
Antes de salir, escribió en un papel tres cosas invisibles: “Soy persistente. Sé escuchar. Puedo reparar cuando me equivoco”. Guardó la nota en el bolsillo.
La fotografía no salió perfecta. Un mechón se levantó y sus ojos quedaron un poco cerrados.
Cuando la recibió, sintió una primera decepción. Luego recordó el espejo.
—Esta foto no muestra todo —dijo.
La colocó en su escritorio junto a la nota.
Meses después, la tía Clara terminó de restaurar el espejo. Empezó a reflejar rostros normalmente, aunque algunas tardes seguía mostrando escenas invisibles.
Vega descubrió que no necesitaba un objeto mágico para buscarlas. Podía preguntarse:
“¿Qué hice hoy que requirió esfuerzo? ¿A quién cuidé? ¿Qué estoy aprendiendo?”
Seguía teniendo días de inseguridad. La autoestima no apareció como una luz que nunca se apagaba.
Se fue construyendo como un álbum con muchas páginas.
La fotografía escolar era solo una de ellas.




